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Lecciones de crueldad, perdón y compasión: Lo que nos enfrenta del encuentro entre Claudia Quintero y Amaranta Hank

Por Nathalia Guerrero

Más allá de sumirse en el álgido debate entre quienes apoyan la regulación y la abolición de la prostitución o trabajo sexual, Nathalia Guerrero Duque, nuestra directora editorial, se queda con dos momentos del encuentro pasado entre Claudia Yurley Quintero y Amaranta Hank en el programa de Gustavo Bolívar. Dos escenas llenas de crueldad y verdad, sobre las cuales reflexiona en este texto.

octubre 29, 2021

Ver completo el encuentro entre Claudia Yurley Quintero y Amaranta Hank el domingo pasado en el programa ‘Cuarto de hora’, del senador Gustavo Bolívar, evoca muchas emociones. Sobre todo dolor. La transmisión, para la cual el senador inicialmente invitó a Amaranta, modelo webcam, a hablar sobre ‘trabajo sexual, plataformas digitales y comunidad de webcamers’, terminó incluyendo la participación de Claudia, activista contra la explotación sexual y ex directora de la ONG Anne Frank, la cual se enfoca en la construcción de paz y los derechos humanos.

Es un encuentro doloroso de ver por razones que se han expuesto repetidamente en redes durante toda la semana, y que fueron escenas concretas de la transmisión. La manera en la que Claudia Yurley entrecomilló la violencia sexual que vivió Amaranta por parte de Alberto Salcedo Ramos y por la cual hay un proceso formal en Fiscalía; las cajas de pastillas que bota Claudia frente a su cámara para mostrarle a Gustavo y Amaranta todo los medicamentos que debe tomar debido a la huella que la explotación sexual ha dejado en su salud mental. Y otra más: un hombre de pocas palabras, o pocos argumentos, convocador del encuentro entre dos mujeres rotas por la misma violencia. 

Hay otras imágenes que van antes y después del programa. Una periodista afirma en un video visto muchas veces que en Colombia la industria webcam aumentó un 30 por ciento durante la pandemia debido a que creció la demanda, sin hacerse preguntas sobre qué pasó en ese tiempo de confinamiento con la ‘oferta’. Amaranta publica un comunicado donde expresa que Claudia la ha acusado públicamente de delitos graves, entre esos amenazarla de muerte, y niega que eso sea cierto. Un grupo de mujeres que luchan contra la explotación sexual bloquean a otra mujer webcammer acusándola de tener los bolsillos llenos de plata, y acusan a otra de incitar a la explotación sexual. Esta les responde diciéndoles que va a tomar acciones legales. Se bloquean entre ellas. 

Hilos e hilos interminables y acéfalos en Twitter, contenidos de respuestas violentas entre mujeres, se reproducen por varios días sin parar, sin llegar a un lugar concreto.

Hay, sobre todo, dos pedazos del programa de Gustavo Bolívar que me dolieron hasta escocer. Dos tandas de palabras que dijo Claudia en el encuentro, de todo lo que dijo a volumen muy alto y sin ningún freno, a pesar de que el senador le pedía mantener un ritmo de debate. En uno de esos atracones de palabras, Claudia dice primero que "Toda la catarsis que yo hice acá se llama estrés postraumático y el Estado va a tener que hacerse cargo". 

Luego, unos 20 minutos después, le grita a Gustavo y a Amaranta que ella no se va a disculpar ni por revictimizar a Amaranta, ni por burlarse de su cuerpo, ni por gritar sin ninguna disposición a debatir durante la mayoría del programa porque es clara con la gente que la invita y que les advierte: “Si usted me invita, sepa que yo tengo las heridas emocionales de una víctima de tortura. Lidie con eso".

Ambas intervenciones me duelen y me escuecen porque están llenas en parte de crueldad y en parte de razón. Que una mujer sea revictimizada por otra mujer (más si esa revictimización es transmitida), es una crueldad patriarcal muy difícil de procesar y es necesario reclamar. Pero esas intervenciones también duelen y escuecen porque sus palabras también están llenas de verdad: el Estado debería no solo ocuparse de la salud mental de quienes son víctimas de violencia sexual, sino que debería poner el abuso sexual como un punto fundamental a combatir y prevenir en su agenda. Y hasta ahora parece que ninguna de esas cosas están pasando.

Por dar un ejemplo concreto: según datos de su Secretaría de Salud, en Bogotá se registraron 7.669 casos de violencia sexual durante 2020, un 9,5 por ciento más que en 2019. Del total de casos, el 83,7 por ciento eran mujeres. Es decir, por cada cuatro mujeres víctimas de abuso sexual en Bogotá el año pasado, un hombre es abusado sexualmente. ¿Cuántas de estas miles de víctimas pudieron tener acceso a servicios de salud mental? La Secretaría no tiene ese registro. O aún más urgente: ¿Cuántas víctimas de 2020 accedieron a servicios públicos, gratuitos, de salud mental? Otro dato que no tenemos.

Ahí es cuando la segunda frase que les bota Claudia en el programa cobra una forma diferente de crueldad, una que va más allá de su caso particular, del de Amaranta, y que tiene que ver con la inacción de un Estado ante la huella colectiva que ha dejado la violencia sexual en lxs habitantes de este país, especialmente en las mujeres. Las mujeres que hemos sido víctimas de violencia sexual y que no contamos con un acceso posterior a servicios que se hagan cargo, para usar el término que usó Claudia, de nuestra salud mental, somos mujeres con una herida que supura y que crece a nuestras cuestas, en muchos casos.

Y acá es donde esa crueldad nos debe obligar a vernos y a ver a otras detenidamente, críticamente, no como víctimas dominadas por esa herida, sino como pares entre nosotras, como mujeres con agencia ante esa herida. Porque hacer lo contrario, es decir, pensar en las mujeres que cargamos con la herida de la violencia sexual con condescendencia y con el permiso de no responsabilizarnos de nuestros actos, es también revictimizante. No en la manera en la que Claudia revictimizó a Amaranta en esa transmisión infame, sino de una forma más global y quizá más peligrosa: creyendo que la violencia sexual nos arrebata todas las capas complejas de nuestra existencia y que nos volvemos seres totalmente condicionados por esta vivencia, por nada más.

¿Qué significa esa segunda frase que grita Claudia? ¿Qué significa advertirle a la gente que una va por la vida con las heridas emocionales de una víctima de torura? ¿Es una manera de avisar que sus actos contra otras personas están exentos de responsabilidad por las heridas que carga? ¿Es tan simple como eso para que justifiquemos el daño que unas mujeres le causan a otras mujeres y armemos jerarquías y fiscalicemos el daño entre nosotras?

¿Quién tiene permitido dañar a la otra y quién no? ¿Quién está más herida y tiene más permiso? ¿De eso se trata a la final?

No pienso que se trate de eso. Pienso que se trata de reconocernos como pares entre nosotras, no a través de las opresiones que hemos vivido, como si se tratara de una carrera sobre quién ha sido más deprimida y violentada y rota para poder oprimir y dañar a las demás. Pienso que para evitar ese rasero de medición, primero debemos reconocernos y reconocer a otras como seres con agencia y responsabilidad, sí, pero también con las complejidades propias de ser una persona que habita este mundo y que tiene contradicciones y que se equivoca y que también causa daño y que es capaz de reparar ese daño, o al menos intentarlo.

Si algo me ha enseñado el feminismo, o más bien mujeres sabias que militan en él de diferentes maneras, es que es un ejercicio de compasión constante. De compasión primero con una misma, para entender que no existe algo como la mujer feminista perfecta ni la coherencia feminista indiscutible. Luego, de compasión con las y los demás. Y siento que ambos ejercicios se nos olvidan con frecuencia. Creemos que las sendas que muchas veces nos plantea la efervescencia de las redes son el único camino, la única verdad, y muchas veces creer eso nos difumina la posibilidad de poder pensar por nuestra cuenta en un camino propio que incluya algo tan fundamental como eso: la compasión.

No todas las escenas fueron dolorosas. Dos días después de la transmisión, Claudia, quien renunció a la dirección de la ONG esta semana, le pidió perdón públicamente a Amaranta Hank. Y aunque queda la duda de si unas disculpas públicas son suficientes, en vez de acciones concretas de reparación, pienso que pedir perdón es un primer paso para poder sanar. Y acá muchas, todas, tenemos que sanar. Más vale hacerlo juntas, que terminar de rompernos a pedazos entre nosotras.

***
Recorriendo Twitter para escribir este texto, leí de parte de un usuario que dice ser médico y haber atendido a Claudia Yurley en días pasados. “Claudia tuvo un intento de suicidio la semana del 20 de octubre con una sobredosis de levomepromazina”, cuenta él con permiso de ella, dice. “Ella venia en crisis, y posterior al debate terminó con una crisis generalizada de ansiedad que casi termina en intento de suicidio. Yo la atendí”. Existen dos imágenes del debate creciente en el país entre regulación y abolición. Esta es una que se nos para de frente. Y rompernos en la virtualidad para ver cuál es el argumento que más tiene la razón no nos va a llevar a nada. Mientras tanto, entender que hay vidas en cada lado, vidas reales y complejidades de quienes habitan en ambas orillas, quizá nos lleve a un lugar que tenga en cuenta al menos, la compasión.

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