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Café, con aroma de machismo de los noventa

Por Lilo Peñuela González

La retransmisión de la clásica novela de los años noventa es una oportunidad perfecta para analizar cuáles eran los estereotipos de hombres, mujeres, y las formas de relacionamiento amoroso aceptadas. La conclusión de Lilo Peñuela, en esta columna, es que debemos ponernos las gafas moradas para revisar esta producción a los tiempos de hoy.

septiembre 16, 2022

Es su destino, que un mal amor vista su alma, de negro duelo. Ingrato amor, rompió sus alas. Ingrato amor manchó sus sueños… 

Esto dice el coro de una de las historias de amor más reconocidas de la televisión colombiana. Café con aroma de mujer retrata un amor que, en los 90, se veía como un idilio. Es más, seguramente habrá inspirado a una que otra pareja a amarse en la lejanía y a perdonarse tantas fallas. Pero la retransmisión de la clásica novela en pleno 2022, que vuelve y presenta el machismo rampante y los estereotipos masculinos y femeninos tan marcados de lo 90s, se siente anacrónica y hasta contraria a un sector cada vez más grande de la sociedad que tiende a deconstruirse, y que gracias al feminismo se está replanteando, cada vez más, el amor romántico de las telenovelas. ¿O no?

A mediados de los 90, cuando Colombia venía atravesando algunos de los cambios más significativos a nivel político, social y económico, se estrenó en 1994 esta producción. Café paralizó al país en un contexto de globalización, apertura económica y un recrudecimiento de la violencia en las regiones por causa del narcotráfico. Para las mujeres de la época, si bien la década empezó con “aires de esperanza” gracias a la nueva carta constitucional que le apostaba al respeto, al reconocimiento a la diversidad y a mayores oportunidades laborales, las brechas eran inamovibles y la violencia machista y patriarcal seguía siendo la regla.

Café es un excelente retrato de este machismo. En sus capítulos refleja las situaciones a las que una mujer tenía que enfrentarse en sus relaciones de pareja, en el trabajo y en la sociedad en general. La historia de amor entre Gaviota y Sebastián Vallejo, lejos de ser una relación ideal, es la de una pareja tóxica que no se da el tiempo de conocerse, que se jura amor eterno después de una “noche de pasión” y que se hace daño por cuenta de una mala comunicación. En ese entonces, era común que las mujeres empobrecidas de las telenovelas fueran salvadas por su galán, generalmente rico. Café fue disruptivo en eso: Sebastián debe salvarse de sí mismo, y Gaviota no necesita de nadie para salir adelante. 

Además de la historia de los protagonistas, su creador Fernando Gaitán nos presentó a otras mujeres cuyos personajes eran complejos y a la vez estereotípicos.  En pleno momento de progreso y de un nuevo proyecto nacional, se retrataron mujeres como Lucía de Vallejo, a quien pusieron bajo el estereotipo de la mujer frígida y temerosa de vivir su sexualidad. O Lucrecia de Vallejo, acomodada en el estereotipo de la mujer “loca”, a la que su esposo le hacía gaslighting por sus celos, cuando en realidad ella no estaba equivocada. 

En el caso de los hombres de Café, es interesante ver cómo se desarrollaba en las pantallas la masculinidad de otros personajes diferentes a Sebastián. Por ejemplo la de Iván Vallejo, otro estereotipo típico de los años 90. Un hombre ambicioso con mentalidad de tiburón, al que no le importaba pasar por encima del que fuera (incluso su familia) para lograr lo que quería. 

El siglo XX para la mujer colombiana fue un tiempo de avance en términos de obtención de derechos e inserción en el mundo laboral. Según Myriam Gutierrez en el capítulo Mujeres y Vinculación laboral en Colombia del libro Las Mujeres en la Historia de Colombia, a comienzos de los 90, las mujeres eran parte del 39,3% de la fuerza laboral colombiana (cuatro millones de trabajadores). Gaviota es una representación de esta población de mujeres trabajadoras. Ella empieza siendo una campesina recolectora y, después de que Sebastián Vallejo le rompe el corazón al casarse con Lucía, decide mudarse a Bogotá donde consigue trabajo en un hotel. Un día, ve un anuncio en el periódico: están buscando una secretaria en Cafexport. Gaviota se propone obtener el puesto. 

Gaviota es consciente de que tiene que dar una buena primera impresión. Por eso se compra un vestido multiusos con el que, está segura, cree que podrá conseguir el trabajo. Todavía en esa década, el código de vestido en las oficinas era esencial, y estaba marcado por el sastre que debían usar tanto secretarias como ejecutivas. Este aspecto de la producción es clave para el desarrollo del personaje de Gaviota, quien pasa de ser una campesina virginal, a la ejecutiva que trabaja en Londres. Su personaje es la heroína de la novela. Rompe el techo de cristal y gracias a su trabajo y esfuerzo alcanza el éxito. Ah, y lo más importante, no deja que su relación tóxica lo opaque. Sin embargo, ahí radica la fantasía de la televisión, porque

¿Cuántas mujeres campesinas de nuestro país pueden salir del campo de la forma en la que ella lo hizo? Probablemente la historia de Matilde, una joven campesina que debe “dormir” con su tío que llega todas las noches borracho, es un poco más fiel a la realidad. 

A pesar de la apertura de campos laborales para mujeres en la época, aún existían muchas cuyo rol era el de ama de casa, casi siempre en las clases media y alta. Un ejemplo son las Vallejo, quienes todavía ocupaban el rol de ‘darle herederos’ a sus esposos y de ser sus acompañantes en eventos sociales. Estaba Cecilia de Vallejo, la abuela de Sebastián e Iván, una mujer que con la muerte de su esposo debe hacerse cargo de su legado y la familia, tanto así que le controla la vida a sus hijos y nietos, especialmente a Sebastián, a quién no le permitía tener una relación con Gaviota. 

Otro tema recurrente es la maternidad, un aspecto importante para las mujeres en esta historia, y que en los 90 seguía siendo el deber ser de las mujeres, mucho más que ahora. Y hay varios tipos de estereotipos de madres en la novela. Por ejemplo está Ángela Vallejo, una señora de clase alta, cuya ocupación es acompañar a las otras mujeres de la familia y cubrirle a Iván todas las fechorías que hace, tanto con las mujeres como en los negocios. Ángela es la mamá alcahueta que protege al niño de sus ojos. Y aunque tiene buena relación con su esposo Francisco, le oculta la verdad de lo que hacen sus hijos. 

Darle un hijo a sus esposos es una de las presiones que viven las mujeres de Café. Al dejar el testamento, Octavio, el abuelo de Iván y Sebastián, deja una cláusula que especifica que su heredero será el que tenga primero un primogénito. Aquí entran Lucrecia y Lucía, las esposas de los primos. Lucrecia de Vallejo, es la novia de toda la vida de Iván, lo ha acompañado en todo y lo esperó mientras él terminaba sus estudios en Londres. La distancia y una que otra mentira hicieron que Lucrecia sospechara de Iván, y aunque se casa con él, las cosas no cambian. 

Lucrecia vive la presión que ejerce su esposo por tener un heredero (única razón por la que se casa con ella) y la de su propia suegra, Ángela. También sufre porque Iván es mujeriego. Ella le hace reclamos con fundamentos, pero el gaslighting que le hace Iván es tan fuerte, que ella se alía con las secretarias de él para conocer su agenda. A Lucrecia se le tilda injustamente, aún cuando Iván le causa la pérdida de un embarazo debido al estrés. Cuando ve que no puede darle un hijo, la deja por Marcia. 

Lucía también siente la presión por tener un bebé, pero porque quiere una familia y debe salvar a sus padres de la quiebra asegurando un heredero Vallejo. Cuando introducen el personaje de Lucía, Lucrecia la describe como una mujer fría. Y cuando entabla una relación con Sebastián, Lucía se hace consciente de que jamás va a haber intimidad, porque él solo ha podido y podrá tener eso con Gaviota y solo la podrá amar a ella. 

Así, luego del matrimonio, Lucía termina haciendo cosas desesperadas como cocinarle a Sebastián comida afrodisíaca, o darle bebedizos que Josefina, la empleada doméstica de la finca, le recomienda. Cuando eso no funciona y su sexualidad despierta, Lucía tiene aventuras con Aurelio e Iván. Y más adelante, se enamora del charlatán de Miguel Alfonso Tejeiros, que termina siendo un estafador. Su hijo termina siendo de él, pero le miente a Sebastián, y le dice que es producto de la fertilización en la que habían estado trabajando. Lucía sabe que Sebastián no la ama, pero a veces piensa que sí porque él vuelve con ella varias veces. Tal vez en esa época Lucrecia y Lucía eran las villanas de la historia. Pero hoy nos pasa lo mismo que con Marcela Valencia en Betty (sin perdonarle su clasismo): estas mujeres también son víctimas de sus parejas y del contexto en el que viven.

No olvidemos mencionar a las mujeres que trabajaban como secretarias, un oficio que ha disminuido debido a la tecnología. Secretarias como Margarita o Graciela no solo le facilitaban el trabajo a sus jefes, sino que eran aliadas. Podían ser las que les cubrían todas sus jugaditas, o las que por debajo de cuerda les informaban a las esposas sobre sus movimientos. Es decir, o encubrían las violencias y abusos de sus jefes, o se arriesgaba a perder su trabajo por delatarlo. De ninguna manera podían ganar. 

Pero el machismo no se quedó únicamente en las mujeres víctimas de diferentes presiones y violencias. Los dos personajes masculinos principales también representaron estereotipos bien marcados. Iván Vallejo es la típica figura del éxito en los 90s: un hombre inteligente y ágil para los negocios, todo un empresario de finales del siglo XX, un yuppie criollo que está dispuesto a todo con tal de triunfar. Es por eso que se casa con Lucrecia a pesar de no amarla, solo para tener su primogénito. Además, comete abuso emocional en contra de su esposa. 

En el caso de Sebastián, puede verse bueno, pero no es más que un pusilánime borracho, celoso y tóxico. Sobre todo, alguien que cree que solo puede tener intimidad con su único amor, una regla de los años pasados que nos ha hecho mucho daño (aunque hoy sabemos que existen las personas demisexuales). Pero en el caso de Sebastián parece que su fijación por Gaviota es más obsesiva que amor. Este juzga a Gaviota sin siquiera escucharla cuando cree que ella se había ido a Europa como prostituta. Para pasar su pena de amor, se casa con Lucía y la usa como consuelo, haciendo sufrir a ambas. Cada vez que se reencuentra con Gaviota la cela y la controla, y después gestiona sus emociones ahogándolas en aguardiente. 

En contraste a los personajes mencionados anteriormente también tenemos a Marcela, la hermana menor de Sebastián que rompe con todo lo que representa su familia: el clasismo, racismo y el machismo interiorizado. Y otra joya de la televisión colombiana, el personaje de Bernardo, que, puede que no lo hagan muy explícito, pero es una de las primeras representaciones LGBT de nuestra historia nacional. 

Tal vez la generación de nuestros padres, que vieron y admiraron esta historia de amor de los cafetales a la ciudad, nunca cuestionaron el machismo que venía con ella porque ellos mismos estaban inscritos en estas dinámicas. Pero hoy, con esta retransmisión, es muy evidente que Café, con aroma de mujer es el retrato del machismo en una sociedad atravesada por el clasismo, el racismo y la desigualdad. A pesar de los avances sociales y económicos, las historias personales de las mujeres de los años noventa, seguían siendo unas de sometimiento al machismo y al patriarcado.  Quiero creer que estos avances se han trasladado a nuestras relaciones interpersonales, y que la retransmisión de la novela es la oportunidad perfecta para revisar con ojos críticos que estos estereotipos y estas violencias no se sigan normalizando en nuestra sociedad.

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