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Los Carmen Mola: ¿Por qué un nombre nunca es solo un nombre?

Por Juliana Ángel Osorno

Mucho se ha discutido sobre el Premio Planeta de este año, otorgado a una autora que resultaron ser tres hombres. ¿Qué se oculta detrás de la decisión de usar el nombre Carmen Mola y por qué un nombre, cualquiera que sea, es un significado político múltiple? Juliana Ángel-Osorno profundiza en la polémica desde otra óptica.

octubre 22, 2021

¿Quién puede usar un nombre?¿Quién puede cambiar de nombre?¿Quién puede incluso ganar dinero trás el velo de un nombre? 

La semana pasada terminó con la polémica del Premio Planeta de 2021, desencadenada por la sorpresa de que Carmen Mola, la ganadora y autora de la trilogía La novia gitana, no es Carmen ni es una, sino el seudónimo que los escritores y guionistas españoles Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martinez escogieron para escribir los tres best sellers sobre la inspectora Elena Blanco.

La sorpresa causada por el premio y la elección del seudónimo, se convirtió en un debate que se desarrolló en torno a muchas cuestiones: por un lado, la ligereza al comparar este hecho con la larga lista de seudónimos masculinos que, durante toda la historia, usaron varias escritoras que no tenían más opción para entrar por las puertas de las editoriales; por otro, la desigualdad simbólica y económica que implica el hecho de que incluso cuando una mujer gana un premio, lo ganen en realidad tres hombres. 

Luego de todas las críticas recibidas por hacerse pasar por una mujer, en un artículo publicado en El País, los escritores respondieron que no se habían escondido detrás de una mujer, sino de un nombre. Apenas un nombre. Y claro, un seudónimo puede ser entendido como apenas un nombre, pero resulta que los nombres no andan por ahí desvinculados de las cosas que nombran. Que bello sería salir a la calle y ver a José, apenas un nombre, nada más que una agrupación de sonidos, solitario, desvinculado de su historia judeocristiana, del género al que remite y quizás de alguna idea de laboriosidad y dedicación. Pero eso no sucede. 

En la entrevista a El País, los Carmen Mola dicen que jugaron con bastantes nombres, “de varón, de mujer, extranjeros” y que cuando oyeron Carmen dijeron “Carmen mola” – o sea, que estaba bueno, que sonaba bien– y entonces la llamaron Carmen Mola. Después se inventaron que era maestra, que tenía dos hijos y más tarde, olvidadizos, que eran tres hijos. Pero los nombres no tienen hijos, ni profesiones. Carmen Mola da entrevistas, habla de su propio deseo, de su trabajo. Carmen Mola además de un nombre es una identidad. 

Los nombres apuntan, esa es su función lingüística. Y cuando son propios, apuntan a lugares específicos, a entidades y a individuos. Indican sus géneros, sus orígenes geográficos y de clase, a veces incluso su edad —aunque cada vez haya más niños con nombres de viejos— y sus vínculos familiares. Nombrar también es un requisito jurídico y una práctica social de la mayor importancia: no hay gente sin nombre. En un ejercicio de memoria podemos constatar que no conocemos a nadie que no tenga nombre, o apodo, o cualquier cadena de sonidos que indique que ellos son ellos. 

El nombre es un artefacto a la vez tan primario y tan poco banal, que las personas trans tienen luchas jurídicas extenuantes para tener sus nombres y sus géneros registrados en sus documentos legales de identificación, además de sufrir permanentemente con la transfobia de los que usan sus nombres antiguos para discriminarles. Eso, especialmente, en lenguas en las que los nombres propios marcan muy claramente una división binaria de género, como es el caso de Carmen, que es un nombre tradicionalmente de mujer en el español. 

El nombre es una cosa tan poco banal, que hay países, como Alemania, Islandia y Portugal, que tienen listas de nombres permitidos y no permitidos, porque los nombres tienen efectos reales sobre las personas que los llevan ya que son un código de identificación. Incluso acá en Colombia, la Registraduría anunció hace poco que sus funcionarios podrán abstenerse de poner nombres como ‘Mi perro’ o ‘Satanás’, por la implicación que esos nombres tendrían sobre la vida de estas personas. También hay poblaciones, como los migrantes chinos en Estados Unidos, que suelen escoger un “nombre americano” como una estrategia de asimilación y para ser menos discriminados, además de evitar la muy posible mala pronunciación de sus nombres originales. Un nombre nunca es apenas un nombre. 

Los Carmen Mola argumentan que podrían haber escogido cualquier otro, pero no lo hicieron. Escogieron un nombre de mujer en una industria que ha privilegiado históricamente a autores hombres y que ahora apenas parece dar pistas de abrir cada vez más espacio a autoras mujeres, aunque esa apertura esté lejos de saldar una desigualdad histórica. Escogieron además un nombre común, y le dieron una biografía común: maestra y madre, además de escritora. Eligieron también un apellido que era un juego de palabras con el verbo molar, que es gustar. Escogieron que fuera un pseudónimo y no, digamos, el nombre de un colectivo, o un heterónimo con vida ficticia pero coexistente con la de los autores. No escogieron solo un nombre, porque nada en la elección de un nombre es banal. 

Y parte de la importancia de este problema es que las personas, los lectores, al identificar esa identidad detrás de un nombre, hacen asociaciones y crean extensas redes de significados. Nos encanta decir que la calidad de las obras se sostiene sola, que no depende, o no debería depender de quién las crea, pero eso es simplemente imposible, una vez que se les asigna autoría. 

Como un nombre no es apenas un nombre, sino una enorme señal llena de flechas que indican muchos aspectos de una identidad, parte de lo que constituye una obra es también su autor o autora, su género, su origen, su identificación racial, sus posturas políticas o ideológicas. Y todo eso es leído por el público también en el nombre, incluso cuando se trata de personalidades extremadamente privadas como la misteriosa escritora italiana Elena Ferrante de la cual no sabemos casi nada, solo su supuesto género y su nacionalidad. 

No es necesariamente malvada la elección de un seudónimo femenino por parte de tres autores hombres (¿Quizá haya sido ventajoso?) —o cuantos autores se quiera. Si hubieran escogido otro, uno extranjero, por ejemplo, las implicaciones de revelar su autoría detrás del seudónimo serían otras, pero difícilmente ninguna. Lo que sí parece inverosímil es que personas cuyo material de trabajo es el lenguaje quieran hacernos creer, o crean ellos mismos,  que ponerse nombre de mujer es una elección banal.


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