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Correspondencias del amor y el desamor

Por Manifiesta Media

¡Ya están aquí! Entre tantas cartas de amor y desamor que recibimos de parte de nuestra comunidad, hicimos una curaduría de retazos: una mezcla colectiva de corazones remendados, iluminados, o apenas buscando la luz.

febrero 19, 2022

Este texto hace parte de nuestro especial de San Valentín #AprendamosJuntxsDelAmor

¿Recuerdan que hace varios días les pedimos que nos enviaran sus cartas de amor y desamor a nuestro correo? Pensábamos que este ejercicio de revivir el arte de la correspondencia escrita iba a tener éxito, ¡Pero no tanto! Por eso les queremos agradecer enormemente: gracias por hacer el esfuerzo de poner en palabras sus sentimientos, sabemos que es un ejercicio en desuso, y por ende no es fácil.

Gracias por abrirnos sus corazones y dejar leernos sobre sus amores, y sobre todo sus desamores. Hubiéramos deseado recibir más cartas de corazones felices, y no de corazones rotos y tristes. Deseamos que este haya sido un ejercicio catártico que ayude, de cierta manera, a sanar un poco.

Como no pudimos escoger entre tantas cartas que recibimos, les presentamos nuestras favoritas: algunas están completas, otras por fragmentos. Retazos de corazones remendados, iluminados, o apenas buscando la luz.

De: Juliana | Para: Andrey

Las trampas del capitalismo no me gustan. Las oportunidades para decirte que te amo, sí. Una vez presentada la oportunidad, la voy a tomar: Te amo.

He pensado que eso significa varias cosas. Al menos tres. La primera es que amo lo que eres. Eso, en nuestra percepción del tiempo, tiene a su vez tres momentos.

Amo lo que fuiste, lo que has caminado, las cosas que has aprendido, lo que has encontrado, lo que te ha dolido, lo que has disfrutado, todo lo que hiciste antes y no tan antes de conocerme.

También, amo tu hoy. Lo que piensas, lo que te preguntas, lo que das, lo que sostienes, lo que propones, lo que luchas, lo que negocias, lo que dices, lo que recibes, lo que escuchas, lo que valoras, lo que te molesta, lo que te llena, lo que creas, lo que siembras, lo que rechazas. Amo lo que eres aquí, ahora.

Con el pasar de los meses, amo lo que viene. Aún cuando permanece incierto, inexplorado. Amo todo lo que sueñas, lo que te propones, lo que anhelas. Yo amo todo que tú quieres ser y hacer, aunque nadie pueda garantizar que yo estaré ahí para verlo.

Estoy tratando de ordenar un sentimiento. Por favor, ten consideración. Sigo entonces con la segunda cosa. Amo lo que somos. Amo todo lo que hemos construido, la reciprocidad, la complicidad, la escucha. Amo la manera en qué hemos asumido esta siembra, la forma cómo hemos alistado el terreno, como lo hemos nutrido, como lo hemos arado.

Amo las semillas que hemos escogido, tan cuidadosamente, tan en acuerdo. Amo como las hemos ubicado, una a una. Amo como hemos regado, cada día, nuestro suelo. Amo también el clima impredecible, lo que no podemos saber, lo que no podemos preveer, pero que hemos sabido aprovechar. Amo ver crecer, sentir crecer y amo recoger lo que nos damos.

Y finalmente, la tercera cosa. Amo lo que soy a tu lado. Amo todo lo que te he entregado y lo que he sabido tomar. Amo lo que pienso, digo y hago en tu compañía. Amo todo lo que siento, lo que añoro, lo que evoco. Me amo, junto a ti.

En el horrendo consumismo, te amo, nos amo, me amo.

De: Salomé | Para: Frank (fragmento)

Ha pasado un mes desde que empecé a compartirte la certeza de que estoy profundamente enamorada de ti. Este lapso de tiempo suele ser usado de manera despectiva para indicar la temporalidad efímera de una relación, lo cual suele llevar a la invalidez de la misma: “Después de todo, fue solo un mes”. Sin embargo, acá desde donde me sitúo al otro lado del puente que he recorrido para encontrarte, puedo decir que los sentires momentáneos son lo
que menos me embarga en este momento.

Creo posible afirmar que a pesar de todo lo que expondré en esta carta, eres merecedor de un amor grandilocuente como el que te he intentado dar en el tiempo permitido para nosotros. Aún así, también creo que estas palabras no tienen la suficiente gravidez de la certeza misma, entonces en la búsqueda constante de medios para transmitirte e impregnarte mi amor te escribí una canción que en el fondo esperaba tocar la última noche en esta ciudad de hormigas culonas y soledad. En el momento que leas esto, tendrás acceso o inclusive habrás escuchado la misma. Me pregunto si logré hacerte entender aquellas cosas para las que la retórica se quedaba corta.

Y por eso mismo, querido mío, por esa certeza de que mereces un amor gigante y oblicuo como el que día a día decidía darte, entiendo que no merezco el que tú me das o, has intentado hacerlo. Ambos compartimos muchas cosas y una de ellas es la creencia firme de que tanto para la revolución como para el amor no se aceptan tibiezas y, por ti Frank, estuve dispuestas a mirarlas de soslayo (...).

Genko-An 111321 | 16-12-2019 (fragmento)

Hola

Cada vez que me dan ganas de escribirte me acuerdo de una vez, cerca de tu cumpleaños, que me hablaste de un chico que te escribía poemas o algo así, pero lo dijiste de una manera toda desdeñosa, y esa tonta imagen hace que me sienta ridículo de entrada. Pero meh… De pronto solo puedo escribir cuando ya no puedo ser más ridículo… No sé si te acuerdas que la primera vez que te escribí decía que había algo que me gustaría preguntarte, pero que no sabía bien cómo.

La pregunta me la he formulado de varias maneras. Al principio era muy sencilla. Me imaginaba preguntándote en esa instalación linda de la que te hablé alguna vez, "Genko-An 111321" de Heiner Goebbels. De pronto me imaginaba preguntándote ahí porque era oscuro y apacible: solo se podía ver la penumbra y el agua y un hilo de luz que era una ventana, "la ventana de la confusión" cuando era cuadrada y "la ventana de la iluminación" cuando era
circular. Era bella. 

Ahora pienso que es muy raro escribir una carta en la mañana. O a medio día, más bien, son las 12:01. Siento que en la noche tengo más coraje, un poco. Pero siento que debo escribirla ahora o se me va a olvidar todo. Hoy amanecí resuelto a escribirla de todos modos, y ni tu desdén por el chico poeta me va a detener.

Decía, la pregunta me la he formulado de varias maneras. En principio era muy sencilla, era un: '¿Tú por qué nunca me besas?'. Cuando pienso en los besos y en la posibilidad de darte besos pienso en lo que tú podrías pensar de ellos y se me vienen a la cabeza dos puntos de referencia: el primero, de una vez en alguna fiesta, en la que me dijiste algo como que uno debería poder besar a cualquier persona en cualquier momento. sin tanta trascendencia; el segundo, de cuando leí tu revista en la que decías algo como que, cuando hacías cruising, los besos te los reservabas para las personas de tu gusto. No sé eso en dónde me pone.

Quizás tengo un tercero, de cuando me besaste a mí como si de verdad lo quisieras, que solo fue una vez, la primera vez. Así que sí, ya por un tiempo me he preguntado por qué no me besas y además evitas mis besos.

Después de anoche ya no sé si tenga sentido preguntar. Aunque quizás valga la pena contarte, dejarte saber que anoche, cuando te pedí un beso de la manera más explícita posible utilizando solo lenguaje corporal, y tú me apartaste, me sentí rechazado y estúpido y confundido—hasta un poco humillado, me acordé que habías usado la palabra “condescendencia”, y me pareció curioso porque muchas veces había pensado que te juntabas conmigo por eso, por pura condescendencia—. Supongo que fue porque hizo mi sospecha más certera, porque supe que era algo intencional desde el principio no darme besos ni tampoco recibírmelos. Entonces quise saber qué podría significar, creí necesitar una explicación al menos.

Luego pensé en lo mucho que me gusta cuando las cosas son ambiguas e inciertas, en que no me interesa lanzar un ultimátum ni definir ni pedir que una persona tenga claridad de nada en la vida, a mi manera de ver todos vivimos demasiado confundidos y sería injusto pedirle a alguien que sea decisivo respecto algo. También pensé que me gusta la manera en que las cosas suceden y una relación se crea en su singularidad cualquiera. Luego se me ocurrió confiar en la manera en que siempre logras decirme algo honesto que me hace sentir mejor, y arriesgarme a escribirte otra vez, sin esperar nada ni saber para qué (...).

Valentina | 2. (fragmento)

En el bus tuve una epifanía: cargar con la ira de tus errores solo pudre mis entrañas. 

A ti te acaricia como pluma y repica como una historia aburrida en el lugar más lejano de tu memoria. 

Pero el golpe de la parca tocó mi puerta ese mismo día. 

Y solo ahí entendí que ya te había perdonado. Que ya me había cansado de cargar con culpas ajenas y con deseos de disculpas que no van a llegar. 

Te perdono porque me hiciste feliz. 

Te perdono porque tú te mereces ser feliz. 

Solo te deseo lo mejor de lo mejor y muchas risas y mucho amor.

Carta de desamor | Nathalia S.

Carta de desamor | Anónima (fragmento)

Eras poesía para mí... Con tu caminar despertabas en mi tan bellas emociones y le pedía a gritos al universo cada atardecer que fueras sempiterna que esto nunca tuviera su final, pero aunque mil estrellas fugaces se asomarán en una noche solitaria alcanzarían para pedir una oportunidad más, porque aunque te amé el paso de los días me demostraron que nunca vibramos en la misma sintonía, que yo moría por entregar mi vida a ti y tú solo te amaste a ti, nunca entendiste que este ser tan cambiante y llena de tormentos, los encerraba en una jaula protegiendote de ellos, porque cuando te pedí en susurros que me estaba perdiendo me miraste, hiciste caso omiso y solo pedías más de mí, sin entender que ya no podía entregarte ese amor con que te enamoré la primera vez, que estaba agotada de una vida llena de caos y que aún con eso luchaba por ti... Recuerdo un soneto de Osfelip Bazant que dice:

'-Y yo que imaginé que me aludían
ficticios vaticinios mi tormento
junto a ti —mas hoy cómo lo siento
porque ignore a las lenguas que decían:

«Él no te quiere, vete en fuga, huye…»—
Que sólo defraudabas con amor
y partirías luego de besarme.' (...). V♡R

Carta de desamor | Scarlet (fragmento)

Juli,

He tenido un par de cosas por contarte. No a modo informativo, sino más bien, se trata de ese
acto pueril de devenir mi propio yo y aceptar lo que me atravesó en algún momento. Es
probable que nunca sepas de la existencia de la carta escrita una noche como hoy, con una
vela encendida en el bello porta velas. Tu obsequio, espero, desinteresado. Bajo esa consigna
y luz, además de una pequeña lámpara con la que ayudo a mis ojos a no extraviarse en esta
hoja de papel, quisiera decirte:

Uno: Gracias por los detalles, las experiencias compartidas y las conversaciones. Ojalá ese
mandala te ayude en lo que necesites recibir de la vida misma.

Dos: Gracias por la confianza y la confidencia, a las que he procurado no defraudar y con
ellas, defraudarte. Tus “secretos” continúan siendo tuyos.

Tres: Me gustaste. No estoy muy segura aún de querer escribirte esto, pues sé las
implicaciones de ese hecho y el sinnúmero de posibilidades que pudieron desencadenar ese
alejamiento entre nosotras, como si volviéramos a ser dos seres extrañas en una misma tierra.
Al notar esos cambios en mí y en cómo empecé a verte, tuve miedo. Lo admito. Fue miedo
irreal a tu certera lejanía, según lo conversado una noche en un patio de un pequeño
municipio. Supuse tu incomodidad y preferí hacerme a un lado hasta soltar aquella tímida
emoción tan capaz de recorrerme y recoger esta cuerpa. Lo único que me gustaría aclarar es
que en ningún instante pretendí perder tu amistad. Y me quedo con esta duda inquieta de las
posibles razones de la distancia impuesta, respondiendo a mis sospechas de tus propias
sospechas.

Cuatro: Te regalé un sticker que podría gustarte. No sé si lo viste o si nunca te enteraste de
él. Lo di como una especie de trueque por el porta velas, las postales y la piedra que hoy hace
parte de mi altar

Te lo pido por favor | Laura Sandoval Fonseca

Ya lo dijo Juan Gabriel mejor que yo, cantando en ese enorme escenario vestido de negro con brillantes dorados, entre una hilera de mariachis, en el concierto que a las dos tanto nos gusta ver y repetir, cantar, llorar y escuchar, “Si me voy, donde vaya, yo te llevo conmigo, no me dejes ir sola, necesito de ti”.

Mucho se podrá pensar de este amor necesitado, dependiente y angustiado, que clama a grito herido lo imposible: la permanencia, la eternidad, la correspondencia absoluta. La petición no es poca cosa, es la súplica que nace del miedo al abandono, de la trágica idea de la vida sin alguien, ese alguien que se quiere que sea eterno, como tú. Y en contra del impulso de mi feminista interior que clama independencia y desapego, hoy te digo: no me dejes nunca, te lo pido por favor.

Porque no conozco un mundo sin ti. Porque la raíz más profunda de mi identidad florece gracias a ti. Porque de todos los amores que he conocido, sin duda el tuyo es el más bonito, es el único capaz de enseñarme de compasión y pureza, de encararme con firmeza y envolverme en una ternura que me conmueve hasta el llanto. Porque tu amor me lleva de la mano al rincón del mundo que llamo casa y me enseña de incondicionalidad con maestría ejemplar.

Porque vengo de ti. De tus pensamientos lejanos cuando eras niña y anhelabas una maternidad futura, tan remota y abrumante. Vengo de tus decisiones, de los caminos que recorriste, de los amores que te quebraron y de la confianza que depositaste en un amor que te prometió lo que ingenuamente esperabas. Vengo de tu cuerpo mutado en nido caliente, de la luz que diste, de la generosidad de tus pechos. Vengo de tus enseñanzas, de tus correcciones severas y a tiempo, pero sobre todo de tu amor que es el que hoy suplico que sea eterno.

Aún en la distancia que hoy nos separa, por los deseos de independencia y libertad que me llevaron lejos de casa, aún en una diferencia continental y horaria, tu cuidado se hace presente. Te lo pido por favor, que me sigas entregando tu sabiduría inexplicablemente milenaria, tu consejo prudente y tu cariño sororo. En retorno, espero serte fiel, que no es
otra cosa que ser fiel a mí misma y conocerme hasta ser la mujer que pueda corresponder con creces a tu presencia imperfecta y añorada.

De todos los santos que conoces, nunca me has hablado de San Valentín, tal vez porque no sea tu santo de devoción. Pero de ti que aprendí a rezar y a creer en que las peticiones se cumplen si se hacen con fe, hoy le pido a este Santo que no conozco, que no sé si exista o es otro invento capitalista, que me escuche al menos y atienda la súplica de una hija que hoy pide el favor, de celebrar esta y otra vida, al lado de su madre, la mejor compañía.

En el día de San Valentín, para mi madre Lilia Fonseca, con Juan Gabriel sonando de fondo, de su hija Laura.

***

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