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Colombia: el peso de vivir en resistencia

Por Juliana Ángel Osorno

No hay mal que dure 100 años ni pueblo que lo resista. En su columna de este mes, Juliana reflexiona sobre la palabra que mejor ha representado a Colombia durante estos últimos meses. ¿Algún día podremos dejar de resistir y empezar a existir en nuestro país? Foto por Mariana Reina.

julio 29, 2021

No hay mal que dure 100 años ni pueblo que lo resista. En su columna de este mes, Juliana reflexiona sobre la palabra que mejor ha representado a Colombia durante estos últimos meses. ¿Algún día podremos dejar de resistir y empezar a existir en nuestro país? Foto por Mariana Reina.

Puerto Resistencia en Cali, el Portal de la Resistencia en Bogotá, #SoyDeLaResistencia en redes sociales. La palabra resistencia ha recubierto la movilización social en Colombia este 2021 y las imágenes que nos ha dejado el Paro Nacional muestran lo mismo: el pueblo colombiano resiste. 

Jóvenes y sus madres que, en la primera línea y por medio de escudos improvisados, forman una barrera para atajar los ataques de la fuerza pública; personas que, aunque reciben todo el peso de la violencia estatal, continúan saliendo a la calle para exigir mínimos para su existencia. Y aunque la primera lectura de este símbolo pueda parecer heroica, no puedo dejar de pensar en el agotamiento que produce ser el pueblo de la resistencia.

Toda palabra revela un síntoma, mucho más cuando se insiste en ella, cuando se vuelve habitual, repetitiva, simbólica. ¿Qué revela entonces que la nuestra, en este estallido social, sea resistencia

Resistir es sinónimo de aguantar, tolerar y sufrir, pero también lo es de oponerse, pervivir o durar. La palabra tiene, al mismo tiempo, una lectura pasiva en la que algo se tolera, o se sufre y una activa, en la que se genera una oposición a algo, una barrera. Además, que algo sea resistente quiere decir que es durable, que aguanta los cambios o las presiones del ambiente: que soporta todo tipo de adversidades. ¿Es ese el destino del pueblo colombiano? ¿Resistir a las adversidades? ¿Algún día podremos existir sin resistir? 

Colombia es el país de los perpetuos: una guerra que no acaba, un conflicto armado que se niega y al negarse se extiende interminablemente, un acuerdo de paz que no se respeta ni se pone en práctica, dejando apenas un proceso que se distiende hasta diluirse. Es el país de la resistencia que no se resuelve, y que al no hacerlo, bloquea el camino para cosas nuevas: un país en eterno estado de tensión. 

No ha sido diferente durante este Paro Nacional, que ya se asomaba desde 2019. Y en ambos momentos se han hecho reclamos no solo justos, sino también antiguos. En meses de paro, el diálogo entre el gobierno nacional y los manifestantes ha sido casi inviable por muchas variables: porque no todos los sectores participantes del paro se sienten representados por las demandas del Comité del paro, porque el gobierno se ha mantenido firme en la narrativa de que no hay violencia policial, al tiempo que estigmatiza la protesta y a sus participantes. También porque las mesas de diálogo regionales y municipales demoraron demasiado en llegar, incluso cuando muchos se ofrecieron para facilitar esa escucha. 

Esas dilaciones impidieron la negociación y la conciliación, que habrían podido abrir caminos para un nuevo proyecto de país. Pero, por el contrario, pareciera que la apuesta del gobierno nacional es vencer a su propia población a través del miedo y el desgaste. Y la respuesta ha sido resistir, tanto en el sentido de durar como en el de oponerse. Pero las fuerzas son dispares y aunque la dignidad del pueblo es muy durable, la vitalidad de los cuerpos no es tan resistente. 

Mientras el paro se sigue diluyendo, permanece la sensación de pertenecer a un sentir colectivo que se enuncia como La Resistencia. De que, incluso sin juntarse en la calle, o sin haber participado en este Paro, hay un cierto vínculo de la mayoría de los colombianos que se resume en eso: resistir. El subterráneo y permanente vínculo de identidad nacional que se construye en reconocer que el zapato del vecino también aprieta todos los días un poco más.

No puedo dejar de preguntarme por las palabras que se han hecho símbolo de otros movimientos sociales recientes: la dignidad en Chile, la primavera árabe, las semillas del movimiento de mujeres negras en la política tras el asesinato de Marielle Franco. Símbolos de un nuevo recomienzo, de una ruptura que permite el resurgir de la vida. De las cosas que suceden tras el invierno o después de la noche, cuando aclara. Pero Colombia es la horrible noche que no cesa de su himno nacional. No en vano, el orgullo de su pueblo es manifestado por medio de la resistencia, de aguantar permanentemente. 

De las tensiones entre ciudadanos en este Paro me quedan, sobre todo, dos monumentos. El puño en alto que es protegido por los escudos en Puerto Resistencia y el Sebastián de Belalcázar de cartón, ambos en Cali. El primero es metonimia del cuerpo enterrado que todavía yergue el puño en alto, resistente, robusto, protegido por los escudos de las primeras líneas. El segundo, rodeado por ‘ciudadanos de bien’ sumidos en oración, también es metáfora de una cierta Colombia que por su material no va a resistir la primera época de lluvias ni el insistente cagar de las palomas. 

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