Covid-19, peste y control: ¿Qué significa vivir en una comunidad pandémica?

Foto por Jimena Madero Ramírez.

Dicen que tiempos desesperados ameritan medidas desesperadas, y con la pandemia esta ha sido la regla. ¿Pero qué tan lejos nos está llevando lo securitario y normativo de este estado de excepción?, y más importante aún, ¿Podremos revertir estas medidas normalizadas algún día, incluso luego de controlado el coronavirus? 

Por allá en 1975, el filósofo Michel Foucault nos hablaba de la relación estrechada que de repente empezaban a tener los gobiernos con el control cuando una sociedad entraba en estado de peste. Decía en su libro ‘Vigilar y Castigar’ que “a la peste responde el orden” el cual, en estos casos excepcionales a nivel social adquiere la función de ‘desenredar las confusiones’. Primero la confusión de “la enfermedad que se transmite cuando los cuerpos se mezclan”, así como la confusión generada por el “mal que se multiplica cuando el miedo y la muerte borran los interdictos…”. 

En definitiva, Foucault concluía que el sueño de los gobernantes era el estado de la peste, pues la peste era una excepción de recrudecer el control y la vigilancia sin que la población se sintiera reprimida sino más bien lo contrario, con una recepción positiva generalizada, con una necesidad de control provocada por el arrojo del miedo y la paranoia que causa la enfermedad.

Hoy, medio siglo después, muchas de las frases escritas y publicadas por filósofos como Foucault parecen sentencias y secuencias premonitorias de lo que ha venido pasando durante los últimos meses con el coronavirus a nivel global, regional y nacional. La manera en la que el autor describía las dinámicas sociales que generaban las pestes de siglos pasados se volvieron descripciones propias de la vida actual que vivimos: confinamiento obligatorio, división del espacio entre los cuerpos que habitan el espacio, monitoreo del tránsito en el espacio público, toma de datos como cédula, nombre completo, número de contacto y una temperatura que muchas veces está debajo de la temperatura corporal de un ser humano y nos hace creer por un instante que ya estamos muertxs en esta sociedad posvirus. 

Los últimos meses han visibilizado la necesidad vital de cosas que ya teníamos claras, como la garantía de un sistema de salud que sea público y eficiente para todxs, sin importar el estrato social. Pero también han revelado dinámicas que si bien no eran nuevas, ahora son más evidentes que antes, como por ejemplo la manera en la que la desesperación por el virus nos ha hecho entregarnos en masa, sin oponer mucha resistencia, a diferentes mecanismos de control social cuya promesa es la seguridad y la protección.

Estos mecanismos siguen tomando ventaja día a día gracias al miedo generalizado reforzado por los medios y las redes, algunos gobiernos están convirtiendo la pandemia en un instrumento político y una pregunta en el aire empieza a volverse cada vez más concreta: ¿Luego de la pandemia, cómo vamos a revertir esta ventaja que han ganado los gobiernos sobre sus sociedades y volver a exigir derechos y libertades individuales básicas? ¿Hemos llegado quizá a un punto de no retorno?  

Foto por Jimena Madero Ramírez.

Una de las grandes descripciones de Foucault, que es aplicable a las nuevas dinámicas de control que ahora vivimos por causa de la pandemia es la del control militar y policial. La vigilancia del espacio público se ha intensificado y ahora, mucho más que antes, los agentes policiales son quienes toman decisiones del tipo ¿Quién es un hombre y quién es una mujer y qué derechos tienen de transitar las calles? ¿Quién merece habitar el espacio público y quién no? ¿O quiénes merecen ser castigadxs por estar fuera de las normas de este estado de excepción que se ha vuelto nuestra vida en sociedad, quienes no y por qué razones? E incluso una pregunta que ha venido formándose gracias al discurso generalizado que ha venido repitiéndose en el gobierno y los medios acerca de la amenaza a nuestra seguridad y la vida en comunidad: ¿Qué hacer con quien representa un peligro para el resto de la ciudadanía? 

Las respuestas a estas preguntas han salido en medios desde que inició la cuarentena. El asesinato de Anderson Arboleda que tuvo que ver con el incumplimiento de las medidas decretadas por la cuarentena, los diferentes abusos policiales cometidos contra mujeres, hombres trans y personas de género no binario durante el mes que duró la medida de Pico y Género en Bogotá, el asesinato de Javier Ordóñez a punta de taser y golpes por parte de agentes de la Policía, la respuesta armada y la masacre de esa misma Policía ocasionada contra lxs bogotanxs que salieron a manifestarse llenxs de rabia al día siguiente de su asesinato, y más recientemente la estigmatización de la Minga que llegó a Bogotá con exigencias para el gobierno nacional, y que fue criticada por gobernantes, medios y líderes de opinión con el contagio y la pandemia como excusa. 

En un mundo controlado por la covid-19 y sus dispositivos vigilantes: ¿es posible que la resistencia social en Colombia se haya vuelto una sentencia de muerte, ahora más que antes?

Desde hace meses la solución no ha dejado de ser la misma: el encierro. Estamos viendo cómo actualmente esta vuelve a ser la solución en varios países de Europa, y entonces el desasosiego vuelve en una oleada grande, porque parece que sigue sin haber salido con esta pandemia más que la repetición de lo que hemos vivido estos más de siete meses, algunxs con mayores impactos que otrxs.

Lo que sigue quedando claro es que, a nivel global, la covid-19 continúa siendo el dispositivo de control principal. El enemigo que nos une y rige nuestros días. Un enemigo sin cara, sin nacionalidad y sin posición política, del que huimos todas las horas de todos los días de todas nuestras semanas desde hace meses, pues no solo tiene la capacidad de enfermarnos, sino de convertirnos en enemigos de nuestra comunidad cuando llegamos a contagiarnos.

Foto por Jimena Madero Ramírez.

Todas estas preguntas irresueltas, cuyas respuestas van a ir definiendo nuestra vida en sociedad de los meses y los años que vienen, son el motivo por el cual la última semana de nuestro especial #MujeresEnCuarentena va a estar dedicado al control y la vigilancia recrudecida que ha tenido como excusa la pandemia y el peligro del contagio. Las poblaciones que más han vivido el impacto de estos mecanismos de control y de abuso de poder, la manera en la que este control se ha hecho visible en la vida de las mujeres en el país, la doble exclusión que han vivido sectores poblacionales históricamente excluidos por el Estado debido a los decretos generados por el virus, son algunos de los personajes y de las temáticas que vamos a estar recorriendo esta semana en MANIFIESTA.

Desde hace meses una inquietud editorial nos ha movido para este especial que está llegando a su fin: ¿Qué significa vivir en comunidad, ahora que tenemos una pandemia encima?

A inicio de la cuarentena, el filósofo Paul B Preciado hacía una reflexión, equiparando el significado de comunidad con la inmunidad. Esto nos hace pensar que la exclusión de lo inmune no puede instalarse definitivamente a la manera en la que concebimos nuestra comunidad, es decir: el virus no puede volver nuestras sociedades aún más excluyentes. La resistencia frente a este destino tiene que permanecer viva en los tejidos comunitarios, de eso estamos convencidas.

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