Cuidar la vida en pandemia: así están trabajando las mujeres en los hospitales del país (parte 1)

En Colombia quienes se encargan del cuidado, de manera remunerada o no, han sido tradicionalmente las mujeres. En el sector salud no ha sido diferente: en MANIFIESTA presentamos la situación de varias mujeres colombianas que sostienen en plena emergencia sanitaria un sistema de salud que las pone en riesgo. 

Archivo cortesía de las entrevistadas. Intervención por Jimena Madero.

La primera vez que Colombia aplaudió para agradecerle al personal de salud fue el 20 de marzo de este año, 14 días después del primer registro de contagio por covid-19 en el país. Desde entonces, tanto el gobierno como la ciudadanía, apoyados por los medios de comunicación, empezaron a hablar de los “héroes y heroínas de la pandemia” (sobre todo los héroes) , intentando reconocer la manera en la que les integrantes del sector salud empezaron a redoblar y triplicar esfuerzos para salvar la mayor cantidad de vidas y evitar el colapso de clínicas y hospitales. 

Sin embargo, las notas de reconocimiento en periódicos y noticieros empezaron a contrastar rápidamente con las amenazas que muchxs de ellxs empezaron a recibir de vecines y familiares de pacientes que mueren a diario en los hospitales por causa del virus. A esto se le sumaron quejas del personal de salud por no contar con los implementos de bioseguridad para hacer su trabajo, o incluso por retrasos en sus pagos, que en algunos casos llevan varios meses. Parecía, entonces, que estas personas solo eran héroes y heroínas mientras no volvieran a sus casas, ni exigieran condiciones dignas de trabajo.

 ¿Qué pasaría si en vez de esa narrativa heroica, que podría estar dejando de lado el agotamiento generalizado propio de hacerle frente a una pandemia,  empezáramos a hablar más en los medios de conceptos tan vitales y humanos como el cuidado? Quizá las mujeres en el sector salud fueran las protagonistas. Las labores que de manera directa e indirecta se encargan de cuidar la vida y los entornos, y que generalmente son invisibilizados, se nos imponen socialmente a las mujeres desde hace siglos. A esto se le llama división sexual del trabajo, y no ha sido diferente en el sector salud a nivel global.

¿Por qué habría de serlo? Si en el ámbito privado se sigue esperando que nosotras nos encarguemos de estos trabajos de manera servicial y no remunerada. De hecho, un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) llegó a la conclusión de que en cinco países latinoamericanos las mujeres realizan aproximadamente el 80 % de las horas de trabajo no remuneradas en el hogar y en Colombia esto no es diferente: las mujeres realizan el 85 % de los trabajos de cuidado, sin remuneración.

 El sector salud es un reflejo de esto mismo: en un análisis de género realizado sobre el covid-19 en Latinoamérica y el Caribe, ONU Mujeres y Care International afirmaron que el  74 % de las personas empleadas en el sector sanitario y social de la región eran mujeres. Esta cifra se refleja casi con exactitud en Colombia, donde el Observatorio de Talento Humano en Salud documentó en 2018 que el 73 % de las trabajadoras de este sector eran mujeres, en su mayoría auxiliares de enfermería, quienes ocupan 300.000 puestos de trabajo en el país, seguidas por enfermeras, médicas y odontólogas.

A esta tendencia de que sean las mujeres las que ocupen estos puestos de trabajo se le llama feminización del cuidado de la salud, un proceso que va de la mano con la división sexual del trabajo. En Bogotá, por ejemplo, un estudio hecho el año pasado por el Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo (CIDER) y Cuso International encontró que el 61 % de las mujeres del personal de salud trabajaba entre 20 y 40 horas semanales, jornadas que parecen insuficientes. Sin embargo, el 63% de estas mujeres dijo que estas jornadas se ajustaban a sus necesidades, pues también tenían que responder por una gran cantidad de trabajo de cuidado (no remunerado) en sus hogares. Esta respuesta la obtuvieron sobre todo de mujeres con niveles básicos de educación (primaria y secundaria). El estudio encontró, además, que un poco más de la mitad de las trabajadoras de la capital del país no tenían un contrato de trabajo formal. Lo más preocupante es que, de las mujeres que contaban con un contrato laboral, más de un tercio lo había pactado de manera verbal, sin ninguna garantía.

Aparte de las condiciones laborales, podría sumarse el hecho de que las mujeres en el sector salud podrían estar más expuestas al virus. Según ONU Mujeres, los datos recogidos en países como España e Italia en abril de este año indicaron que el 72% y el 66% del personal de salud contagiado con el virus correspondía a mujeres. La tendencia podría ser parecida en la región latinoamericana. Según El Instituto Nacional de Salud, de los 7.692 contagiados al 15 de agosto de 2020 en Colombia, un poco más de un tercio son auxiliares de enfermería.

Por si fuera poco, según datos de la OCDE, en Colombia solamente hay 1,3 enfermeras por cada mil habitantes y 2,2 médicxs por cada mil habitantes.Esto se traduce a una sobrecarga de trabajo que se traduce, por ejemplo, en turnos de 30 y hasta 48 horas sin descanso. ¿Es quizá esa herencia obligatoria de la división sexual del trabajo la que tiene a miles de mujeres encargadas de estas labores en clínicas y hospitales, así como al llegar a sus casas?

Con esta pregunta en mente, desde Manifiesta decidimos contarles la historia de ocho mujeres que ejercen como médicas de urgencias, de cuidados intensivos, como enfermeras, psicólogas, terapistas respiratorias, médicas geriátricas y auxiliares de dieta en clínicas y hospitales de distintas zonas del país. Sus historias de vida y el cambio de sus rutinas desde que inició la pandemia son una crítica directa a esa narrativa heroica que romantiza la explotación y visibiliza, entre otras cosas, los trabajos de cuidado diario, que son lo que principalmente sostiene nuestras vidas, antes y después de esta pandemia. Quienes los realizan son mujeres cuyas vidas se transformaron desde hace meses, están teniendo que soportar jornadas de trabajo sobrehumanas y arriesgan su vida y la de sus familias a diario.

Laura Guerrero, la mujer que ayuda a respirar en un hospital de Pasto, Nariño
Foto cortesía de Laura Guerrero. Intervención por Jimena Madero.

Un día de pandemia llegó a la Clínica Hispanoamérica de Pasto, donde trabaja Laura Isabel Guerrero, un hombre con sus pulmones colapsados. Un cuadro que ahora podría considerarse rutinario.  La fisioterapeuta de 26 años, que trabaja rehabilitando la función pulmonar y el acondicionamiento físico de las personas en la UCI de adultos y en la unidad de covid-19 se dio cuenta que debía ser intubado de inmediato. Sin embargo el paciente no se sentía ahogado y alcanzó a hablar con Laura antes del procedimiento. “Comenzó a hablarme y  me dijo que vivía con su hijo Andrés, Andrés Rosero, a quien le decían ‘Andre’”.

Laura recordó que ‘Andre’ era un viejo y gran amigo. Nunca se imaginó estar atendiendo a su padre. Intubó al paciente y llamó a Andrés. Este estaba rezando por la salud de su padre y ahora que sabía que su amiga estaba cuidando de él se sentía más tranquilo. La motivación de Laura son las historias como las del padre de Andrés, quien logró recuperarse y reencontrarse con su familia. 

La Clínica Hispanoamérica cuenta con nueve camas en la unidad de covid, creada en julio de este año. Desde ese momento todas las camas han permanecido ocupadas. Según el Instituto Nacional de Salud de Nariño, el departamento registra 17.185 casos positivos hasta el domingo 19 de septiembre, con 645 fallecidxs y 122.534 recuperadxs. Lo más difícil para Laura es la impotencia que siente al no poder darle una cama a otro paciente que la necesita. También se ha sentido frustrada por el tiempo que toman los protocolos de bioseguridad. “Muchas veces uno corría a socorrer un paciente sin pensarlo dos veces, ahora uno tiene que alistarse, cambiarse, desinfectarse. A veces es como un tiempo perdido, es el desespero de no poder reaccionar enseguida”. 

Para evitar contagiarse, Laura tiene que usar un tapabocas N95 que la hace sentir ahogada, la careta protectora le produce dolores de cabeza fuertes, los uniformes y batas le generan un calor insoportable. Sumado a esto, se ha resfriado varias veces por la cantidad de baños que debe tomar en un mismo día para desinfectarse, que son dos o tres al día. A veces se tiene que bañar en la madrugada cuando llega a su casa, después del turno. Laura confiesa que la cantidad de veces, absurdas pero necesarias, que debe repetir el protocolo de bioseguridad convierte sus jornadas en una tortura.

Además de los protocolos tediosos, Laura Isabel y sus compañeras han vivido situaciones dolorosas con varios pacientes. Por la muerte de uno debido al virus, la gente las tachó de asesinas en redes sociales. Otro paciente al que lograron salvar, les dijo que ellas eran lo peor de la vida porque le lastimaron la nariz en un procedimiento, sin culpa. 

El coronavirus no solo transformó la relación entre esta fisioterapeuta y sus pacientes, sino que también cambió la relación con su familia. Ahora su miedo más profundo es el de contagiar a sus padres y a su abuela de 100 años, a quienes ya ni se acerca. “Antes almorzábamos y nos acostábamos a ver televisión. Ahora no lo hacemos: llego y me encierro en el cuarto. Hasta evito el contacto con ellos durante la comida”. Incluso está buscando un apartamento con otra fisioterapeuta para salir de la casa y protegerles. “Nunca me perdonaría saber que yo contagié a mis padres y que les llegue a pasar algo”. 

A Laura Isabel le gusta leer y hacer ejercicio. En el poco tiempo libre que le queda, le gusta caminar y respirar aire fresco para no sentir el encierro de los trajes, de la UCI, de la Unidad de covid y de su cuarto. Ahora tiene un segundo empleo en el Hospital San Pedro porque necesita ganar más del $1’670.000 que le paga la Clínica. Esta crisis, que jamás pensó vivir en carne propia, le enseñó a valorar más los momentos, a “abrazar más y a besar más sin miedo. A apreciar esos momentos y muestras físicas de afecto”. Cuando todo pase, después de la pandemia, quiere viajar y seguir especializándose en ciencias de la salud.

En Yopal, Casanare, Carolina Castilla intenta salvar vidas en medio de la incredulidad y la desinformación
Foto cortesía de Carolina Castilla. Intervención por Jimena Madero.

Carolina Castilla comenzó este 2020 aceptando una propuesta de trabajo en el Hospital Regional de la Orinoquía en Yopal, Casanare, muy lejos de sus padres y de su hermana, quienes viven en Mosquera, Cundinamarca. Estando en Yopal, llegó el coronavirus a Colombia. En el Hospital hace turnos de seis o doce horas en urgencias en el pabellón de covid, donde gran parte del tiempo se va en procesos de desinfección: “Para entrar al hospital hay un protocolo que es la toma de temperatura, te ponen alcohol y glicerina en las manos y el tapete de desinfección para los zapatos. Luego se ingresa por Triage y todo el personal asistencial reclama un uniforme que se da ahí en urgencias”. Carolina cambia su uniforme personal por el que le brinda el hospital, se pone un gorro, el tapabocas N95 y sobre ese tapabocas uno desechable, unas gafas y dependiendo del caso, una careta.

Como trabaja en urgencias, que es el área donde hay mayor riesgo de contagio, incluso alimentarse es una odisea: no debe salir de ahí ni siquiera hacia la cafetería que queda dentro del mismo edificio, porque eso significa un nuevo cambio de ropa, repetir el protocolo y perder tiempo que puede emplear atendiendo pacientes. “Tenemos asignado un cuarto médico en donde podemos consumir nuestros alimentos. A veces uno pide mejor un domicilio para que se lo lleven a la puerta de urgencias y lo consume ahí dentro del cuarto”. 

Lo más difícil de la pandemia ha sido sentir miedo, vulnerabilidad y poner a prueba su conocimiento para no equivocarse: “Es difícil porque cuando llega un paciente y te dice: “No, pues es que yo he tenido diarrea, pero no he tenido fiebre, tampoco he tenido tos o dificultad respiratoria” tu criterio te empieza a decir: Bueno, es un síntoma, podría ser, pero la guía no lo recomienda o podría ser una gastroenteritis o una intoxicación alimentaria. Me parece difícil decidir qué pacientes van a entrar por el área Covid y qué pacientes por el área normal”.

Carolina también pone a prueba su intuición para detectar a las que mienten sobre sus síntomas y luego descubre tosiendo, con fiebre o con dificultad respiratoria en el área de urgencias normal. “A veces los pacientes dicen mentiras para que no sean pasados a covid. Las personas se sugestionan mucho si tú les dices que van a pasar a esa área: se ponen a llorar o dicen que prefieren irse del hospital”. Cuenta que algunas veces han tenido que llamar a la Policía porque hay personas que les cuesta asimilar que son sospechosos o que tienen covid-19 y tienen que llevarlas obligadas al pabellón que corresponde. Según la red de salud Casanare, para el 20 de septiembre, el departamento contaba con 1771 casos confirmados, 41 muertes causadas por el virus y 1203 personas recuperadas.  

La situación no se compara con otras regiones porque el Casanare tuvo tiempo para prepararse, pero Carolina considera que la situación se puede agravar porque muchas personas no creen en la letalidad del virus, no siguen recomendaciones y no se cuidan. “Es difícil lidiar con las creencias de las personas. Incluso personas de mi familia y mis amigos me han preguntado si pueden tomar cloro. La desinformación en las redes sociales es grandísima y eso nos causa problemas porque la gente cree más en lo que lee en Whatsapp, o en una cadena en Facebook en vez de creerte a ti como médica”.

Carolina tiene 23 años y espera poder presentarse en un año a la residencia en pediatría, un sueño que tiene desde que tenía siete años y que tuvo que aplazar por la emergencia sanitaria. Por ahora, mientras espera que el mundo vuelva andar sin miedo debido al covid-19, habla por videollamada con sus padres y su hermana mayor, a quienes no ve desde marzo, les dice que los quiere mucho pero no que los extraña para evitar recordarles que está lejos y en riesgo todo el tiempo. Apenas se alivie la situación por la pandemia, quiere ir a abrazar a su madre y sentirse en casa de nuevo, en Mosquera. 

Alicia Bernal: la psicóloga que se la juega por una muerte digna en Bogotá
Foto cortesía de Alicia Bernal. Intervención por Jimena Madero.

Alicia Bernal alcanzó a escuchar una notificación de su celular en la madrugada, un mensaje en WhatsApp, que decidió mirar antes de conciliar el sueño: era una nota de voz de 17 segundos de un número desconocido. Con el audio la golpearon el miedo y la incertidumbre. Un hombre que se oía alterado la insultaba, le decía que sabía en dónde vivía y que la iba a matar así como ella mataba pacientes. La estaba amenazando, como han amenazado a otrxs funcionarixs del sector salud en el país. Bloqueó el número y esperó a que amaneciera. No pudo dormir. 

Esta experiencia violenta no desmotivó a Alicia, de 25 años, para seguir trabajando como psicóloga de cuidados paliativos, ni como psicóloga de familiares y pacientes con covid-19 en una clínica de Bogotá. “La amenaza estaba relacionada con el duelo. La persona hace creer que es familiar de alguien que falleció. Se oía muy mal, con mucho malestar emocional. Su familiar falleció y su único contacto relacionado con la clínica a quien le podía decir algo era yo. Entonces, pues claro, es el vivo ejemplo de lo fuertes que pueden llegar a ser los duelos”, concluye Alicia.

Como psicóloga quiere ayudar a tramitar esos duelos y a mejorar la calidad de vida de pacientes que tienen una enfermedad sin cura. “Los cuidados paliativos nacen en la medicina para que las personas no sufran y sientan el menor dolor posible. Son algo relativamente nuevo en Colombia y en el mundo y no hay muchos paliativistas ni lugares que se dediquen a estos cuidados” y tiene razón. El Sistema Nacional de Información de la Educación Superior muestra que de los graduados del 2001 al 2017 en ciencias de la salud, solo hay 78 personas especializadas en cuidados paliativos o cuidados del dolor en Colombia. De ellas, 41 son mujeres. “Las mujeres profesionales somos muy buenas. En el mundo de la psicología también somos muchas mujeres, casi no hay hombres. Es bonito ver cómo entre mujeres sostenemos el sistema de salud”.

En su lugar de trabajo, contándola a ella hay tres psicólogas que se encargan de lidiar todos los días con el miedo de los familiares, de los pacientes y de ellas mismas a morir. “La muerte es un tabú horrible en la sociedad, pero uno debería poder decir: mi papá murió y me siento completamente tranquila. Obviamente duele, claro, pero es bonito poder hacer ese acompañamiento. Eso es lo que más me motiva”. De hecho, Alicia tuvo una experiencia con un paciente que llevaba más de tres semanas en la UCI por coronavirus y no mejoraba a pesar de todos los esfuerzos médicos y de los videos y audios de fortaleza que le mandaba su familia con Alicia. Entonces, la familia decidió despedirse, Alicia gestionó todo y una de las hijas pudo entrar a la UCI a ver a su padre, hizo una videollamada con toda la familia y todos le agradecieron. Al día siguiente el paciente falleció. “La hija estaba tremendamente agradecida conmigo. Ella lloró y me hizo llorar porque me dijo que ellos se sintieron muy tranquilos con la muerte de su papá”. 

Mucha gente a su alrededor le pregunta si no se cansa o no se siente abrumada por trabajar en cuidados paliativos y más ahora en tiempos de pandemia, donde de los 183.041 casos confirmados en la capital, 6783 casos están en hospitales y 732 en UCI. Pero Alicia les responde que, precisamente, hoy más que nunca es necesario su trabajo. “He aprendido que la covid es una enfermedad de núcleos familiares. No tengo ningún paciente que tenga covid y que ningún otro miembro de su familia no esté infectado. Yo veo pacientes que llevan mucho tiempo en la UCI y es posible que fallezcan y ese duelo se debe hacer en un tiempo muy corto”. 

Alicia termina los turnos entre semana a la una de la tarde, pero lo que queda del día lo dedica a un segundo trabajo en la Universidad de los Andes, donde ayuda en los procesos de acreditación de programas de posgrado. Además de eso está trabajando en dos artículos académicos, por lo que termina su jornada laboral a las ocho de la noche. Hasta las 9:30 p.m responde los mensajes de su círculo más cercano: amigues, familia y pareja, y a esa hora se acuesta porque para ella es muy importante cuidar sus horas de sueño. Los sábados que trabaja, llega a su casa a descansar y el tiempo que le queda el domingo lo invierte consintiendo a sus plantas, cocinando con sus padres, viendo alguna película o serie y compartiendo con sus tres mascotas: dos perros y un gato.

Alejandra Acosta, la médica al frente del coronavirus en Espinal, Tolima
Foto cortesía de Alejandra Acosta. Intervención por Jimena Madero.

Hace unos meses, el municipio de El Espinal ocupaba las páginas de diversos medios de comunicación por ser el pueblo del departamento del Tolima con más casos de Covid-19. Incluso por encima de la capital del departamento, Ibagué, que tiene casi siete veces su población. Lo anterior debido a que en el Centro Penitenciario y Carcelario del municipio, el virus se propagó con velocidad.

María Alejandra Acosta, una médica general de 24 años, espinaluna hasta la médula es una de las profesionales de la salud que está en la primera línea de atención contra la covid-19 en el Hospital San Rafael, en donde, luego de hacer su rural, fue contratada como médica de urgencias del área covid. Su jornada laboral comienza muy temprano, a las 6:00 de la mañana: se alista, se pone el uniforme, empaca el desayuno que su madre le prepara y conduce su motocicleta hasta el hospital. 

El primer cambio que notó por el coronavirus, además del fortalecimiento de los protocolos de bioseguridad, fue el quiebre de la relación entre ella y sus pacientes. Un día, en el área de urgencias, Alejandra recibió a un paciente con complicaciones que llevaba 15 años postrado en cama. En el hospital hicieron todo lo que pudieron para que se recuperara, pero 10 minutos después de haber ingresado, el hombre falleció.  A las 11 de la mañana del día siguiente, los familiares del hombre llegaron a visitarlo y se enteraron de que había muerto, pero además de que era sospechoso por covid-19. La duda sobre si tenía o no el virus implicó que su cuerpo fuera cremado sin posibilidad de un velorio o de una despedida. Lo más difícil para Alejandra fue hacerle entender a la familia que el nuevo protocolo mundial no permitía entregarles un cuerpo sospechoso de estar contagiado con coronavirus y que no podían darse el lujo de esperar hasta que llegara el resultado de la prueba. La familia sin entender, salió del hospital y se quejó con un político del municipio, quien luego amenazó públicamente al personal médico. “Antes éramos los héroes y ahora somos los villanos de las películas, te prohiben la entrada a supermercados para comprar cosas. Hasta he sido víctima y me han dicho que he matado pacientes”.

Alejandra trabaja turnos de 24 y hasta 30 horas en los que muchas veces no alcanza ni a comer. Así, de turno en turno, contrajo el virus. No está segura cuándo, ni en qué lugar exacto del hospital. “Con esos turnos tan largos es muy difícil saber. Además, los elementos de protección no te protegen 100 % del  virus”. Los síntomas fueron malestar general y tos, que ella en un principio confundió con un cuadro de rinitis, pero la prueba confirmó lo que más temía: era positiva… y en pueblo pequeño, infierno grande: todo el municipio se enteró de que estaba enferma, el hospital no cuidó el diagnóstico de Alejandra y lo que vino después fue una pesadilla: señalamientos, estigmatizaciones y amenazas contra su vida por mensajes de Facebook, que ella borraba apenas llegaban. Duró 23 días aislada, del 29 de junio al 22 de julio. El proceso no fue fácil porque una segunda prueba salió positiva. Se sintió desesperada y asustada por su hermano y su madre, los otros habitantes de la casa. Sin embargo pudo volver a trabajar salvando vidas en el hospital.

Después de superar la covid-19, el mayor miedo que siente es el de la reinfección porque sabe que puede pasar y esta vez no está segura de que su familia salga bien librada, pues el virus se transmite muy fácil. Sin embargo, lo que más la motiva es el amor que siente hacia la profesión, saber cómo se comporta el cuerpo humano frente a la enfermedad y el agradecimiento que le brindan varios pacientes. Por ahora la tranquilizan dos cosas: saber que hace todo lo que puede para garantizar la vida de la gente de su municipio en medio de la emergencia, y saber que el hospital le brinda todos los elementos de bioseguridad que necesita para ejercer como médica. Hasta el 20 de septiembre, El Espinal reportaba 1.610 casos de contagio y 91 casos activos. Ya no es el municipio más afectado del departamento y su Centro Penitenciario se declaró libre de coronavirus, pero todavía queda mucho trabajo por hacer. Después de la pandemia, Alejandra quiere especializarse en ortopedia y en traumatología.

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