Cuidar la vida en pandemia: así están trabajando las mujeres en los hospitales del país (parte 2)

Archivo cortesía de las entrevistadas. Intervención por Jimena Madero.

Si el concepto del cuidado ahora está en el centro de las discusiones, ¿Eso quiere decir que las mujeres ahora somos protagonistas? Acá la segunda parte de una historia dedicada a mostrar qué mujeres están detrás de la careta y el tapabocas, resistiendo a la emergencia sanitaria a través de sus cuidados.

Detrás de los tapabocas de quienes están atendiendo en los hospitales, hay un 74% de probabilidades de que haya una mujer, según un estudio de ONU Mujeres y Care International, sobre todo si se trata de atenciones de tipo sanitario, de cuidado y sociales.

Es por esto que desde MANIFIESTA decidimos dejar a un lado el discurso heroico mediático donde profesionales de la salud nos están salvando de la pandemia, y ahondar en cómo les ha cambiado la vida a mujeres profesionales de la salud en el el país con esta pandemia. Sus jornadas, las vidas de sus hijxs, sus familiares mayores, todo se ve conectado por una cadena de cuidado obligatorio que en muchos casos les está tocando solo a ellas.

Desde Bogotá, desde Cali y Florida en el Valle del Cauca, acá continúa la segunda parte de esta historia que visibiliza la manera en la que mujeres a lo largo y ancho del país sostienen con su trabajo esta pandemia y el resto de sus vidas.

Milena*, la mujer que alimenta a lxs enfermxs en Bogotá
Foto cortesía de Milena. Intervención por Jimena Madero.

Milena tenía 30 años cuando se fue de La Guajira en 2012 y llegó a Bogotá buscando oportunidades laborales para darle una mejor vida a sus hijas de 11 y 8 años. Cuatro años después, en 2016,  ya tenía empleo como auxiliar de dieta en la Clínica Los Nogales, al norte de Bogotá. “Las auxiliares de dietas somos las encargadas de llevarle los alimentos a los pacientes hospitalizados”. Lxs jefes de las auxiliares de dieta son lxs nutricionistas, quienes les entregan la lista con la dieta para cada paciente: dieta normal, dieta baja en azúcares o hipoglucida, hipograsa o baja en alimentos que contienen grasa, dieta blanda… todo dependiendo del paciente.

Hace un año y medio Milena renunció a esa clínica y se pasó a la Clínica La Colina debido a sus condiciones laborales: “Renuncié en Los Nogales porque la empresa que me contrató se demoraba muchísimo en pagar. Entonces, por medio de un jefe que tuve allá y que ahora trabaja aquí, tuve la oportunidad de pasarme”. En la segunda clínica le ofrecieron un contrato laboral a término indefinido con horario rotativo. Es decir que una semana trabaja de seis de la mañana a dos de la tarde y otra trabaja del mediodía hasta las ocho de la noche. Todos los turnos son de ocho horas. Por su trabajo, Milena es de las empleadas que más contacto tiene con las personas. La pandemia cambió su forma de trabajo.“Nosotros en este momento sí estamos con el protocolo de bioseguridad porque a las auxiliares de dieta nos toca entrar a llevarle comida a todos los pacientes que tienen el virus”. 

Milena estuvo 14 días  con síntomas de pánico y ansiedad encerrada en uno de los cuartos. A pesar de eso, su clínica no le brindó ayuda sicológica, ni ella tampoco la buscó.

Sin embargo, el lavado de manos frecuente, la bata, el gorro y los tapabocas no fueron suficientes para evitar que Milena se contagiara de covid-19, pues además de trabajar en un clínica, toma transporte público para movilizarse. “Yo amanecí como con gripa y fui al trabajo. Del trabajo me devolvieron y entonces me metí por urgencias, pero allá me dijeron que era una gripa viral y que debía sacar una cita prioritaria que me dieron pal día siguiente”. Milena vive en un apartamento pequeño de dos habitaciones, que comparte con sus dos hijas y sus dos nietas. La mayor tiene 19 años y es madre de gemelas. Su hija menor tiene 16 años. “Apenas llegué a mi casa hablé con mi hija, la mayor, y me aislé desde un principio”. Cuando asistió a la cita prioritaria, el médico le dijo que a pesar de haber presentado dolor de cabeza y malestar general, parecía estar asintomática, pero que consideraba necesario tomarle la prueba para coronavirus. Ese mismo sábado no pudieron hacerla porque las pruebas escaseaban. Milena tuvo que esperar hasta el lunes. Ese día le tomaron la prueba y a los cuatro días la llamaron para decirle que era positiva. 

“Eso es lo más difícil que he pasado en esta cuarentena. Dios mío, yo pensaba… yo no me dormía porque yo decía: ¿qué tal que yo me duerma y me dé algo? Dios mío, ¿será que me van a enviar a una UCI?, ¿con quién se quedarán mis hijas?”. Milena estuvo 14 días  con síntomas de pánico y ansiedad encerrada en uno de los cuartos. A pesar de eso, su clínica no le brindó ayuda sicológica, ni ella tampoco la buscó. “Fueron mis compañeras, amigas y familia las que me llamaban todos los días para saber cómo estaba”. Milena logró recuperarse del virus y volvió a su trabajo hace dos meses. En este momento no tiene contacto con pacientes infectados por lo que la clínica ya no le da tapabocas N95. Igualmente, al llegar a casa, sus hijas deben esconder a las niñas para que no corran a saludar a su abuela antes de que ella se desvista, se bañe, ponga la ropa que trae de la clínica a lavar y se cambie. Durante esta cuarentena, Milena, de 38 años, no siente que las labores de cuidado hayan aumentado en su casa, pues siente que está haciendo lo mismo que hacía antes de la pandemia: llegar del trabajo a lavar ropa, cocinar o a hacer oficio. De las 14 personas que trabajan como auxiliares de dieta en la Clínica La Colina, 12 son mujeres. 

Milena*: Nombre cambiado por petición de la fuente

Leidy Cuarán: la enfermera jefe que en el Valle del Cauca le hace frente a la emergencia sanitaria
Foto cortesía de Leidy. Intervención por Jimena Madero.

Leidy Cuarán trabaja en el hospital Benjamín Barney Gasca de Florida, Valle del Cauca, su pueblo natal. Su jornada laboral comienza a las siete de la mañana y debería terminar a las cinco de la tarde. Sin embargo, debido a la emergencia sanitaria por covid-19, Leidy está haciendo turnos de 13 y 14 horas.

Ella es la enfermera jefe del servicio de urgencias y de hospitalización. Desde que llegó la pandemia ha sido la encargada de organizar ese hospital de primer nivel, que carece de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI): “Yo tuve que buscar los equipos de signos vitales, las camas, los ventiladores, aspiradores, poner la carpa fuera de urgencias donde se hace una lista de chequeos. También tuve que mirar cuáles eran los elementos de protección que debía tener cada persona que estuviera trabajando”. Leidy tiene un equipo de 25 auxiliares de enfermería que siempre cuida. “Siempre estoy detrás de ellos diciendo: ‘Venga, a usted qué le falta, no me vaya a entrar allá sin la N95. Acuérdese que tiene que cambiarla cada 8 días’. También cuido de los conductores que traen a un paciente o que se lo llevan a Cali por remisión. Me toca vestirlos, entregarles todo, cuidarlos a todos”.

«Cuando me preguntan en la reunión delante de todo el mundo, es difícil porque yo siempre estoy perdida de la situación de mis hijos porque no estoy en las clases. Me ha tocado decir delante de todos los padres que soy profesional de la salud y madre soltera».

Durante la mañana pasa por distintas salas y termina su recorrido en el pabellón de covid. En ese momento tiene que ponerse más uniformes y máscaras de protección. Lo que más le duele a Leidy de este lugar es que no puede tener contacto directo con los pacientes, debe evitar hablarles y que ellos hablen. Al mediodía, aunque su casa queda cerca, no regresa a almorzar. El descanso es apenas de 45 minutos y si decidiera ir, perdería más de la mitad del tiempo en protocolos de desinfección. Además, a lo que más le teme es a contagiar a sus dos hijes. De todas formas, el tiempo en el hospital no alcanza ni para comer. “No almuerzo al mediodía porque siempre me toca hacer otras cosas. A mí también me toca toda la parte administrativa”. En la tarde, Leidy dedica su tiempo a actualizar protocolos, pasar incapacidades y organizar los turnos del personal.  Su jornada termina casi siempre a las 7:30 de la noche. Algunas veces a las nueve. Al llegar a casa, sus hijes, de 13 y 5 años, saben que pueden abrirle la puerta, pero deben esconderse de inmediato mientras ella se desinfecta. Después de bañarse y cambiarse de ropa, le da de comer a los tres perros y al gato que tiene y se sienta con les niñes a hacer las tareas. Entre tarea y tarea, les prepara algo ligero de comer y los acuesta entre las 10:30 y 11:00 p.m. A ella, el reloj le marca la una de la madrugada antes de poder acostarse, pues deja listo su uniforme, contesta los mensajes de Whatsapp del personal e incluso coordina el levantamiento de los cuerpos de las personas que fallecen por covid-19 en sus casas. Cómo es la jefe de enfermería del único hospital que tiene ambulancia, ella debe encargarse de eso. Duerme cuatro horas y media diarias. 

Lo que más le preocupa a Leidy es que por la cantidad de trabajo no ha podido dedicarle más tiempo a sus hijes. La niña, la mayor, va perdiendo siete materias en el colegio y Leidy cree que se debe a la atención que debe dedicarle a su hermanito: “La niña me perdió materias por estar también con el niño. Ella ve clases de 7:00  a 12:30 m y el niño de 1:00 a 5:30 p.m”. Ambxs estudian en un colegio privado y católico, de donde la citaron para preguntarle por qué no acompañaba a la niña a sus clases virtuales y por qué ningún adulto acompañaba al niño. “Creo yo que las mamás de los otros niños no trabajan en el sector salud o tal vez tienen teletrabajo y pueden acompañarlos… Cuando me preguntan en la reunión delante de todo el mundo, es difícil porque yo siempre estoy perdida de la situación de mis hijos porque no estoy en las clases. Me ha tocado decir delante de todos los padres que soy profesional de la salud y madre soltera”.

Esta mujer, de 31 años, no solo cuida a les pacientes del hospital y a sus hijes, sino también al resto de su familia. “Mi abuelo es un adulto mayor y mi mamá es hipertensa. Los cuido desde lo que les puedo recomendar: enseñarles a lavarse bien las manos, a usar bien el tapabocas… pero debo estar detrás de ellos para que se cuiden”. Casi no le queda tiempo libre para descansar porque incluso los fines de semana no se desconecta de los chats de su trabajo por si a alguien le hace falta algo. En las pocas horas libres que tiene, ve películas infantiles con sus niñes.

Heidi y Leidy: las médicas que le apuestan a la vida de lxs adultxs mayores en Cali
Foto cortesía de Leidy. Intervención por Jimena Madero.

Heidi Martínez, de 36 años, es la jefe del servicio de geriatría del Hospital Fundación valle del Lili en Cali, la capital del Valle. Su equipo está conformado por otra mujer, la médica Leidy Johana Aristizabal, de 32 años. 

Hace tres años Heidi llegó a la fundación para inaugurar el pabellón de geriatría en un hospital que no tenía el servicio y no entendía bien los beneficios de esta forma de atención. “A mí me tocó abrir ese servicio en la Fundación, en un entorno que es muy escéptico a la geriatría, no conocían para qué servía. Pero bueno ahí fuimos metiéndonos y abriéndonos camino y luego llegó Leidy a formar parte del equipo, eso ha sido maravilloso”. Leidy llegó en enero de este año, es médica internista y geriatra al igual que Heidi y son la dupla perfecta: la primera es especialista en cuidados paliativos y la segunda en docencia y gobierno.

«En mi antiguo trabajo yo quise abrir dos veces el servicio, como servicio de geriatría, y las dos veces me reemplazaron por dos hombres colegas, y nunca me dieron explicación de cuál fue el motivo, jamás”.

Las dos consideran que el hecho de ser mujeres hace que trabajen mejor, pues durante su formación los profesores les asignaban los casos clínicos más difíciles por ser casi las únicas mujeres dentro de las aulas. Según datos del Sistema Nacional de Información de Educación Superior, del 2001 al 2017 solo se graduaron 44 geriatras, de los cuales 19 son mujeres. Heidy afirma que además ha tenido que enfrentarse a desafíos y experiencias desagradables relacionadas con prejuicios de género. Cuando estaba en la Universidad y en la residencia, los profesores solían hacerle comentarios como: “A ver niña, hable o es que la cabeza solo le sirve pa’ diadema”. Un jefe la regañó por haber quedado embarazada en plena residencia, pues según él, ella automáticamente se convertía en “un encarte”. 

Entonces, que sean dos mujeres quienes están detrás liderando el proyecto de geriatría del hospital es muy importante: “Digamos que desde el punto de vista de ser mujeres, abrir este proyecto fue todo un desafío, hemos tenido que enfrentarnos a muchas circunstancias… En mi antiguo trabajo yo quise abrir dos veces el servicio, como servicio de geriatría, y las dos veces me reemplazaron por dos hombres colegas, y nunca me dieron explicación de cuál fue el motivo, jamás”. En este hospital, tanto Leidy como Heidy han demostrado que el hospital necesitaba la medicina especializada en la salud y el cuidado de lxs adultxs mayores. “Nosotras a los adultos mayores los vemos en todos los escenarios: el anciano en la comunidad, el anciano que se encuentra en una institución geriátrica, el anciano que ingresa por hospitalización. Evaluamos no solamente la parte médica, sino la parte cognitiva, la social, nutricional, hacemos intervención al cuidador y a la familia”, concluye Leidy. 

Foto cortesía de Heidi. Intervención por Jimena Madero.

La pandemia ha sido un reto enorme, pues la población a la que atienden es la que corre mayor riesgo de muerte por el covid-19. En el Valle del Cauca el Instituto Nacional de Salud reporta 54945 casos confirmados hasta el 22 de septiembre. Leidy dice que lo más difícil ha sido ver llegar a sus pacientes con enfermedades físicas y mentales agravadas. “La cuarentena ha tenido un impacto muy negativo en la salud física, en la salud mental tanto del adulto mayor como del cuidador”. La función de ellas es acompañar a las personas mayores hasta el final de su vida. Sin embargo, ahora es casi imposible que la familia les acompañe en la hospitalización, no hay un ritual de despedida como antes y eso ha permitido que las personas mayores estén muy solxs sus últimos días. 

“la gente no iba al médico y en el mes de abril solo vi 11 pacientes en la clínica, parecía una clínica fantasma. Eso afectó nuestros ingresos. Dejamos de ganar el 90 % del salario”.

Por los cambios que trajo la crisis sanitaria, Heidi implementó la teleconsulta para consulta externa, pero ha sido difícil porque muchos de lxs pacientes no tienen acceso o no saben usar un computador o un celular para acceder a la cita médica. “Es que tenemos al paciente de 80 cuidando a la esposa de 90. Imagina lo complicado que puede llegar a ser”. A pesar de las dificultades, ni Leidy ni Heidy han permitido que la situación llegue a los niveles de Europa, en donde los médicxs han tenido que decidir a qué pacientes salvarles la vida, donde la mayoría de veces lxs adultxs mayores no tenían chance. “Hemos podido ayudar y abanderar la toma de decisiones correctas para los adultos mayores y no solamente basados en la edad del paciente. Al adulto mayor se le da la misma oportunidad que a cualquier adulto joven, pero obviamente nosotras entramos a mediar que tan intensa tiene que ser esa intervención de acuerdo a la probabilidad de supervivencia de esa persona”.

La vidas personales de estas profesionales también han sido afectadas por la crisis sanitaria. Heidi sintió mucho miedo de morirse, de dejar solos a sus hijxs: María Paula de seis años y José Isaac, de cinco años. “Por ejemplo, yo estuve en un turno donde teníamos ya cinco pacientes covid positivo. Entonces yo sabía que tenía que ir a contaminarme, literalmente. Y uno llega a la casa, entonces uno le dice al niño “no se me acerque, aléjese vengo con la ropa sucia”, luego uno a quitarse la ropa, a bañarse, a hacer todo eso”. Por su parte, Leidy no ha podido ver a sus sobrinas pequeñas desde que llegó la covid-19 a Colombia, extraña abrazarlas y el miedo más grande que siente es el de contagiar a alguien de su familia. 

A pesar de la dedicación, las dos médicas sufrieron durante la crisis económica provocada por la pandemia. Heidy cuenta que prácticamente dejó de trabajar un mes completo: “la gente no iba al médico y en el mes de abril solo vi 11 pacientes en la clínica, parecía una clínica fantasma. Eso afectó nuestros ingresos. Dejamos de ganar el 90 % del salario”. Leidy, además, se contagió de coronavirus. “El 11 de mayo fue mi prueba positiva porque mi esposo es internista, él trabaja en UCI entonces a él le hicieron la prueba por tamizaje y salió positivo y yo fui su contacto estrecho por ser su esposa. Estuve 23 días aislada”. Tanto Leidy como Heidy tienen un contrato por prestación de servicios y los meses que no trabajaron por falta de pacientes y por covid-19 dejaron de ganar dinero. La Clínica también perdió plata durante ese tiempo.

Las labores del cuidado en los hogares de las médicas también han aumentado. Leidy ya no tiene a una trabajadora doméstica en su casa, aunque sigue pagándole porque es su responsabilidad como empleadora en este momento de crisis. “Llegar a tu casa y tener que hacerte cargo de todo pues es bastante complejo, y me imagino que para Heidi pues mucho más que tiene dos chiquitos allá en casa”. El tema más complicado para Heidi ha sido la educación de sus hijes. Decidió con su esposo sacarlos del colegio porque están muy pequeñitos para aprender bien a través de clases virtuales. Han buscado otras opciones como enseñanza en casa y profesoras particulares “Yo creo que realmente lo de mayor agobio fue el tema escolar. Superado eso, para mí fue fundamental el apoyo de mi esposo, él es un equipo conmigo, en nuestra casa cada uno desarrolla como unas funciones, nosotros no nos vemos como: mira tú eres la mujer entonces a ti te toca esto”.

Heidi dice describe a Leidy como una “chica súper poderosa” porque en su tiempo libre practica aikido con su esposo, un arte marcial de defensa personal. “Yo practico hapkido hace un año y medio, soy cinturón azul. Entonces es como un momento de compartir en pareja”. Heidi por su parte dedica el tiempo libre que le queda a orar, a compartir con sus hijes a dirigir grupos de oración para jóvenes y grupos de parejas con su esposo. 

Mientras pasa la crisis, estas dos mujeres siguen sosteniendo el servicio de geriatría en Cali gracias al buen trabajo en equipo entre ellas, que ha permitido que sorteen de la mejor manera el cambio tan abrupto que trajo la crisis.  “Obviamente el trabajo en equipo es muy importante y yo pienso que con Heidi hemos encontrado ese acompañamiento y digamos que cuando yo estoy down ella me sube en ánimo, cuando ella está down yo le subo el ánimo, entonces como mujeres debemos pues aprender a apoyarnos ¿no?”

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