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Feminicidios en Colombia: ¿sus victimarios están cambiando?

Por Manifiesta Media
En los últimos meses, el número de feminicidas desconocidos armados que están asesinando a las mujeres en Colombia ha venido creciendo. ¿A qué se debe este fenómeno?
julio 26, 2021

Este texto hizo parte de nuestro newsletter del pasado 17 de julio. Si no te has suscrito y quieres hacer parte de nuestra comunidad para conocer más de nosotras, suscríbete acá. Fotografía por Alejandra Cleves.

Cualquier medio de comunicación podría contar el mismo cuento que les vamos a echar. Por espacio de unas semanas, la situación del país con el Paro Nacional ocupó por completo nuestra atención. Y dejamos de lado temas vitales de nuestra agenda editorial a los que le hacemos seguimiento diario. Es apenas normal. Ningún equipo periodístico podía prepararse para lo que vivimos luego del #28A, el primer día de un estallido social que todavía humea. Muchxs colegas dirán lo mismo: las manos no alcanzaban. Mucho menos las nuestras, que somos poquitas (pero sustanciosas).

Entre esos temas estaba nuestro conteo de #LibresNoMuertas, el registro de feminicidios nacional que construimos mes a mes junto a 070. La cifra mensual que publicamos en cada publicación con este conteo es apenas una parte de él. En nuestro registro analizamos variables como el municipio o ciudad donde ocurrió y el arma utilizada. También revisamos si ya existe una captura, una imputación de cargos o si ni siquiera hay una investigación en curso.

Asimismo, tenemos una variable importantísima sobre quién fue el feminicida en cada caso. Y un gran porcentaje de los victimarios son sobre todo parejas y exparejas de las mujeres. Novios, esposos… hombres que decían amar a sus parejas y terminaron asesinándolas. 

"Algo ha cambiado. Ataques sicariales, hombres en moto con cascos, solos o acompañados, que en algunas ocasiones buscan a las víctimas dentro de sus casas para asesinarlas son historias que han venido aumentando".

Pero en los últimos meses, los casos donde los victimarios son hombres desconocidos y armados han aumentado. Ya lo notábamos desde abril, donde al menos 11 casos registrados fueron cometidos por uno o más hombres desconocidos para la víctima. Ese mes registramos inicialmente 17 feminicidios y terminamos verificando siete más, es decir 24 casos. Al menos la mitad de los crímenes fueron causados por arma de fuego.

Nuestra sorpresa fue grande cuando, después de varias semanas de convulsión social, pudimos retomar el conteo de feminicidios y nos encontramos con las nuevas cifras. En mayo, 8 de al menos 23 feminicidios fueron cometidos por parejas o ex parejas. Eso es el más o menos el 34 por ciento. Y en junio estos casos fueron 7 de al menos 23, el 33%. Asimismo, gran parte de los feminicidios registrados estos dos meses involucraron un arma de fuego. 

Algo ha cambiado. Ataques sicariales, hombres en moto con cascos, solos o acompañados, que en algunas ocasiones buscan a las víctimas dentro de sus casas para asesinarlas son historias que han aumentado. Casos que muchas veces quedan ahí, porque no hay ninguna pista sobre quién pudo haberlo hecho. 

Las posibles lecturas profundas de este fenómeno tardan tiempo. Sobre todo para entender las dinámicas de los territorios donde han ocurrido los crímenes con estas características. Sin embargo, una primera lectura que hacemos es que un crimen como el feminicidio, y sus dinámicas, no es indiferente a las formas de la crisis social que estamos viviendo en el país. Van 58 masacres en lo que va del año, según Indepaz, manifestantes del Paro Nacional que están apareciendo muertos, abusos de la fuerza policial que han estado bajo el ojo de mecanismos como la CIDH, por mencionar algunos ejemplos.

Dentro de este país en crisis existen nodos territoriales en llamas. Catatumbo, por ejemplo. Liliana Rincón Ramos y Jennifer Gutiérrez fueron asesinadas en mayo en Tibú, uno de sus municipios, de manera parecida: hombres armados que no conocían las abordaron y les dispararon. Las dos integran el extenso listado de mujeres asesinadas en Tibú desde abril y que hoy va en, al menos, 15 tibugueñas víctimas de feminicidio en condiciones parecidas, incluida la fiscal Esperanza Navas. Solo hasta su feminicidio la Fiscalía se pronunció sobre lo sucedido en el municipio, una situación que persiste y en la que ahondamos con la abogada Alejandra Vera en nuestra última publicación de #LibresNoMuertas

Catatumbo es uno de los epicentros del fragor del conflicto -no tan posconflicto- en Colombia. En tan solo un poco más de un mes mes ha habido allí combates entre el Ejército y Disidencias de las Farc donde quedaron civiles atrapadxs, un atentado en contra del presidente y parte de su gabinete mientras volaban en helicóptero por Sardinata, y la JEP imputó esta semana a 10 militares por falsos positivos cometidos en esta zona.

Otro de los epicentros de la violencia actual es el departamento de Antioquia. De 12 casos que tenemos en verificación para mayo, (los feminicidas no identificados en aumento han generado más dificultades en la verificación de cada feminicidio), al menos seis ocurrieron en Antioquia. Estamos hablando de seis mujeres asesinadas en un departamento en un solo mes. Según la Gobernación de Antioquia, en junio de este año se registraron 188 homicidios en el departamento. Esto significa un aumento del 12,7% frente al año anterior.

Ambos territorios son ejemplos concretos de cómo las dinámicas de los feminicidios podrían estar respondiendo a dinámicas territoriales en el marco de la crisis social actual. Este incremento de feminicidas desconocidos armados ha generado una complicación principal: la verificación de los casos. Mucho más que antes, las mujeres víctimas aparecen con heridas de arma de fuego lejos de sus casas, sin mucha más información que esa. En otras ocasiones testigxs hablan de hombres armados en una moto, o de hombres con casco, o de un victimario que huyó. 

Sin información suficiente la verificación se complica, y puede empezar a haber un subregistro mayor. 
Pero, sobre todos, este cambio en las cifras muestra que los feminicidios en nuestro país van más allá de los círculos de abusos y violencia al interior los hogares y los vínculos. También son resultado de la concepción de las mujeres como botín de guerra, o de la guerra como ‘pedagogía de la crueldad’ en contra nuestra. Para estos casos podemos tomar prestada una frase de la escritora y antropóloga Rita Segato: “la violencia contra las mujeres ha dejado de ser un efecto colateral de la guerra y se ha transformado en un objetivo estratégico de este nuevo escenario bélico”. Pueden releer nuestro conteo conjunto con 070, esta vez de mayo y de junio por acá.

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