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No Somos Mistakes: una escena musical riesgosa para las mujeres

Por Luisa Uribe

El escrache de las sobrevivientes a violencias ejercidas por parte de los integrantes de la banda bogotana Electric Mistakes vuelve a poner sobre la mesa muchas preguntas sobre las escenas musicales alternativas que siguen sin ser respondidas. Peor aún, parece que a los hombres que integran estas escenas no les interesa responderlas. En su nueva columna, Luisa Uribe insiste en seguir preguntando.

abril 8, 2022

De nuevo nos vemos sumergides en el mar de publicaciones, shares, retuits, likes que le siguen a un escrache. Esta vez, un grupo de mujeres valientes, sobrevivientes de acoso y violencia física, psicológica y sexual por parte de Johnatan Hernández y Laura Perilla, integrantes de la banda colombiana Electric Mistakes, se organizaron y a través de su cuenta de Instagram No Somos Mistakes les denunciaron públicamente.

Cinco de estas mujeres ya presentaron una denuncia ante la Fiscalía, por hechos que incluyen violación sexual, agresiones físicas y abuso sexual, entre otros delitos.

En los relatos ellas cuentan cómo Hernández y Perilla usaron durante varios años los diagnósticos de salud mental de él para acercarse a estas mujeres. Así justificaron dinámicas como el hecho de que él fuera el único integrante masculino de la banda porque solo podía trabajar con “señoritas”. También, la constante presencia de medicamentos psiquiátricos como Clonazepam, y otros. Según su relato, usaban estos fármacos para drogarlas, a través de comidas y bebidas de todo tipo. Esto con el objetivo de abusar de ellas en estado de completa indefensión, causarles largos vacíos de memoria hasta por más de una semana y una constante manipulación emocional que las aislaba y las hacía sentir impotentes. 

De nuevo, con este escrache, también nos sumergimos nuevamente en el silencio aplastante y decepcionante de la escena musical independiente bogotana. Un ecosistema cultural que parece haber normalizado a tal punto las denuncias dentro de sus parches, que simplemente leen casos de esta magnitud y los dejan pasar. Y aunque es necesaria la amplificación, el reconocimiento y apoyo explícitos a este grupo de mujeres a través de canales como las redes sociales, esas acciones son apenas lo mínimo, y están muy lejos de ser suficientes. 

Nuevamente, como con otras olas de denuncias masivas y casos de violencias basadas en género que se hacen virales, vuelvo a hacer las mismas preguntas que siguen sin respuesta. Por ejemplo, ¿Qué sigue luego del debido escrache?  Al ver la aparente inmovilidad que esta escena ha manifestado ante casos como este, también me pregunto qué es lo que estamos haciendo, y lo que estamos dejando de hacer, como “escenas” culturales independientes. ¿Qué conversaciones efectivas se están proponiendo en estos circuitos? 

Y, sobre todo, teniendo en cuenta que los agresores suelen ser hombres ¿Qué acciones concretas están ejecutando los hombres cisgénero, que integran la gran mayoría de bandas, colectivos y sellos de estas escenas? ¿Estas acciones existen más allá de la publicación en Instagram cuando se conoce un caso alarmante? ¿Es posible que quienes son partes activas se piensen reparaciones y prevenciones por fuera de lo digital, y empiecen a procurar escenas más seguras con mujeres y disidencias de género?

Amplificar en redes sociales, aunque importante, está muy lejos de ser una acción propositiva al interior de las comunidades de las que muchxs hacemos parte y es apenas una reacción a este tipo de casos. A estas alturas, en pleno 2022, después de años de escraches, talleres, columnas charlas y muchas preguntas, está probado que republicar o publicar un mensaje de rechazo es una fórmula fácil y cómoda.  Realmente interpela muy poco. 

Desde mi perspectiva, aunque llevamos varios días compartiendo y comentando un macro caso gravísimo, sistemático e impune, en unas semanas lo más probable es que estas denuncias dejen de ser virales y se conviertan en varias historias almacenadas en el archivo digital de los escraches sobre entornos culturales. 

Ha pasado con todos los casos de los últimos años: el de Andrés Felipe Muñoz de la banda Tres de Corazón, acusado de darle misoprostol sin consentimiento a su pareja, o el DJ y promotor Hernán Cayetano, acusado de violación, por ejemplo. 

Públicamente, en espacios comunes y colectivos, la conversación no debería durar lo que dura un “hecho noticioso”, sino que debería ser una constante. Hace rato hacen falta procesos dirigidos por hombres cisgénero, en los que existan conversaciones sobre las violencias de género, su reparación y su prevención: las que no conocen, las que no entienden, esas que todos han negado alguna vez, pero que mirando con cuidado sí que han cometido, incluso en varias ocasiones y sin ninguna consecuencia.

Para los hombres de estas escenas, que quizá se preguntan confundidos ¿qué puedo hacer?: la conversación ya empezó hace varios años, no tienen que empezar de cero. En los espacios de música electrónica, por ejemplo, ya existen conversaciones avanzadas como resultado de procesos de negociación y conflictos constantes, también por los orígenes mismos de la cultura musical electrónica.

Y aunque aún es insuficiente, ya es cada vez más común la existencia de equipos de acompañamiento y establecimiento de reglas y políticas claras para quienes asisten a estas fiestas. Dentro de estas existen contextos queer, con nociones feministas y diversas, a pesar de que sigue faltando mucho para prevenir y atender diferentes formas de violencias que se están empezando a atender con algunos protocolos. 

Sin embargo, he observado que en otras escenas independientes, como en la rockera bogotana, no existe un interés muy visible: la conversación se da de manera muy tímida, aún muy atravesada por la idea de que como son espacios de ocio, disfrute, consumo y apreciación, no deberían estar cargados de discursos politizantes, o de manuales de buen comportamiento. 

Ante ese pensamiento mi respuesta es que pensar en la seguridad y en el cuidado colectivo no es lo mismo que acabar con el disfrute y el esparcimiento. Más bien, es un ejercicio fundamental para construir herramientas en un mundo en el que ni de noche, ni en un toque, ni integrando una banda o parche cultural, estamos a salvo de ser victimizades. 

Pensar los factores que posibilitan la sistematicidad del acoso, el abuso y la violencia sexual y psicológica ejercida por hombres cisgénero a mujeres trans, cis y población LGBTI+, es una tarea que también les corresponde a los agresores, a quienes han sido cómplices y a quienes han mirado para otro lado. En general, a quienes hacen parte de ecosistemas independientes. 

¿Es que acaso la independencia es machista? ¿La rebeldía es contra la industria excluyente pero no contra las actitudes patriarcales que nos constituyen? 

Esto no es una acusación masiva contra todos los hombres cisgénero de bandas, clubes, fiestas, sellos o parches. Es, más bien, un llamado explícito, insistente, a que tomen la vocería sin miedo sobre entornos cuidadosos, reducción de riesgos y reparación de violencias de género en todos los espacios que ocupan. De lo contrario seguirá primando la falsa corrección política y la falsa pose de aliades sin ningún tipo de responsabilidad o trabajo efectivo.

Tomar la vocería implica pronunciarse, amplificar, compartir y hablar de los problemas por fuera del contexto de denuncias virales. Es un ejercicio en el que juntes podemos cuestionar la noción de seguridad y transformarla en una de cuidado colectivo, en la que entendamos que nombrar un espacio como seguro no es una garantía absoluta. 

Plataformas como Hiedrah, y colectivos queer en Estados Unidos ya lo están haciendo. Proponen apropiarse del riesgo, del vivir en las márgenes y, sobre todo, cuestionar la noción de seguridad en una región en la que  esta tiene una carga histórica asociada a dictaduras militares o proyectos de ‘lucha contra el terrorismo’, que deshumanizan a les demás y reproducen ciclos de violencia. 

En concreto esto se puede materializar al promover espacios para generar acuerdos, por ejemplo. También al entender los conflictos como espacios de oportunidad para incomodarnos e interpelarnos entre todes. ¿Quién tiene el poder dentro de los espacios culturales independientes y por qué? Las respuestas de esa pregunta pueden iluminar caminos que podemos transitar en busca de soluciones. 

Si reconocemos como un avance la existencia de avisos y publicaciones en contra del acoso y el abuso sexual, también debemos tener la capacidad para diferenciar esto del objetivo más grande: el de prevenir que las violencias que hoy denuncian las mujeres de No Somos Mistakes no vuelvan a repetirse en fiestas, clubes, toques, conciertos y las comunidades que hacen estos eventos posibles.

***

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