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No quiero ser una bichota

Por Luisa Uribe

La escena de Euphoria en la que Kat es atacada por 'influencers' en su cabeza, cuestiona directamente ese mandato de mujeres 'bichotas' que debemos ser, según las redes sociales. En su columna, Luisa analiza los riesgos de ser una bichota para nuestra salud mental, y defiende su derecho a no querer ser una de ellas.

enero 28, 2022

"Kat se odiaba a sí misma. Y el problema de odiarse a unx mismx es que no se puede hablar de ello. Porque en algún punto, todo el mundo se unió a un culto de autoayuda y no se callan. 'Eres uno de los seres humanos más valientes y hermosos que he visto jamás', 'Desearía tener tu confianza', 'Cada vez que te levantas de la cama es un acto de valentía',  'Acaba con todos los estándares de belleza' 'Tienes que encontrar a tu guerrera interior', 'Solo tienes que amarte'. 

'Ámate a ti misma' 

Ámate!'

Ámate!'

Ámate!'

Este diálogo hace parte del segundo capítulo de la más reciente temporada de Euphoria, la famosa serie producida por HBO. En ella Kat, una de las protagonistas, se encuentra en medio de una crisis depresiva. Además, atraviesa un posible ataque psicótico donde batalla con influencers imaginarias. Estas le gritan sin parar frases motivacionales y de ‘amor propio’ o self-love

Imagen
Kat siendo invadida por una decena de influencers empoderadas y energúmenas.

La escena logra reflejar lo que muchas sentimos después de un tiempo navegando en nuestras redes sociales o en internet. Bastan unos minutos para sentirnos ahogadas en un agobiante mar de pensamientos reproducidos masivamente por los mandatos del llamado empoderamiento. Un empoderamiento cuya máxima es el amor propio y sus diferentes formas. El logro de cuerpos perfectos, la persecución de éxitos individuales a todo costo, la superioridad frente a lxs demás y una salud mental perfecta. La idea es invocar o ‘manifestar’ este amor propio repitiendo frases sobre nuestro poder interno o nuestro destino, como si fueran mantras de la posmodernidad. Todo con el objetivo de construirnos la vida de bichotas que nos merecemos. 

“Bichota es una canción para todas las mujeres que escogen no tener miedo y ser fabulosas”, decía Karol G en una entrevista, al respecto de la canción que popularizó el término. Un himno que catapultó a la artista paisa y se volvió bandera del “empoderamiento femenino” en el país y en América Latina.

En el video, Karol G aparece en varios escenarios siendo la líder de su grupo de shorties o amigas: sentada en la cabecera de una mesa larga manejando su “jeepeta”. Bailando en la calle y en una esquina vestida de estilo militar llamativo, con colores brillantes y accesorios grandes. En la letra de la canción, Karol G habla de cómo estas amigas, salir acicalada a la calle para sentirse poderosa y de su maquinón como elementos claves para lograr ese empoderamiento de bichota.

Más allá de la letra, que puede significar muchas cosas, la artista ha logrado popularizar la idea de que ser una bichota es un estado de ánimo o de la mente. Una disposición con la que se nace o que se puede adquirir si se es lo suficientemente valiente y empoderada y "fabulosa", como dice ella.

El concepto partió de la canción, pero ya ha sido apropiado y hasta resignificado por una población específica. Hasta ahora podemos decir que quienes más se identifican con ese empoderamiento de bichota son mujeres jóvenes. Aquellas con capacidades de consumo, exitosas, mayoritariamente blancas y deseables, que persiguen esa noción de ser poderosas y de poder con todo.

Esta figura, aparentemente inspiradora, tiene una contracara que afianza la individualidad por encima de cualquier colectividad. Lo hace a través de esa conocida estética de boss bitch o ‘perra mandona’: cuerpos curvy,  blancos y femeninos (nunca gordxs, negrxs, en tránsito o no binaries), vestidos de manera sexy, pero empoderada, con ropa de marcas exorbitantemente caras, libretas de manifestación, reels en Instagram para establecer cómo empezar el día, cómo tener una rutina disciplinada o cómo vibrar alto para alejarse de malas energías y personas. 

Una estética que, hablándolo a un nivel más global, se relaciona con el mismo tipo de empoderamiento que proyecta la tendencia de la “That girl”, popularizada en TikTok e Instagram el año pasado: la que es capaz de madrugar todos los días, tener su journal al día, clasificar todos sus vegetales, hacer su propia granola en tazas ‘instagrameables’ y toma cold brew luego de ejercitarse. La nueva estética del bienestar.

Pues bueno, la bichota hace todo eso y más, porque tiene una disciplina inamovible, una capacidad impresionante para empoderarse de sus sentimientos, siempre luce como una ‘perrota’ y aparte también sale de fiesta, es deseable y altamente sexualizada.     

Es hermoso si a muchas nos funciona escribir en las mañanas, o si nos gusta o amamos lo que vemos en el espejo. Finalmente es una forma de resistencia contra la heteronormatividad y el patriarcado que siempre nos ha enseñado a odiarnos a nosotras mismas. Pero no podemos perder de vista el aumento de ese consenso generalizado que promueve el amor propio, la autoayuda y el imperativo de felicidad como los únicos horizontes posibles para nuestras vidas. Horizontes que, además, exigen la publicación constante de fotos, vídeos e historias de nuestro éxito cotidiano. Esta imposición, implantada sobre todo a través de redes sociales, es tan violenta como los mandatos machistas a los que resistimos cada día, sobre todo cuando hay diagnósticos de salud física o mental de por medio. 

Mientras pasaba por tratamientos para el cáncer, Audre Lorde escribió en 1988: “Cuidar de mí misma no es un acto de autocomplacencia, es de autoconservación, y eso es un acto de guerra política.” En esa declaración, Lorde no solo estaba ubicando el cuidado, su cuidado, en un contexto propio que también tenía que ver con las luchas afrofeministas de los años 80. También cuestiona la idea del cuidado propio como una persecución individual y complaciente. 

Algo muy contrario a la afirmación constante en redes de “Nunca disculparse por ser una mujer poderosa”, por ejemplo.

En los últimos meses, yo misma pasé por un episodio depresivo definitivo. Tuve que parar por completo mi vida y me encontré sin ninguna respuesta sobre cómo recuperar mi bienestar. E incluso ahí, cuando volví a relacionarme con el mundo a través del celular, llegué a reprocharme no ser lo suficientemente capaz y positiva para manifestar mi felicidad y convertirme en la mujer poderosa, bichota, que debo ser. 

Durante esos primeros días, encontré dos caras en esta moneda del amor propio como modelo de redes sociales: una en la que toda la carga recae en mí, en mi capacidad de construirme y de empoderarme. Si fallé fue por falta de repetición, planeación, enfoque o motivación. Por no ser That girl, esa Bichota. La otra, ambigua y condescendiente, me quitaba toda la responsabilidad y me proponía amarme por encima de cualquier cosa sin ningún deber de reconocimiento, sin ningún trabajo por hacer. Solo amarme. 

¿Por qué tenemos que estar vibrando alto, soltando o ámandonos todo el tiempo? ¿O por qué tenemos que ver una lección en todo lo que nos pasa y ser resilientes? ¿No hay espacio para la rabia o la tristeza? Los imperativos de felicidad, amor propio y empoderamiento son tecnologías neoliberales de punta. La desigualdad, la exclusión, la frustración ya no son los problemas, lo somos nosotras mismas por no querernos lo suficiente cada jodido minuto del día.

Después de estos últimos meses, rechazo más que nunca ambas caras de un amor propio que se vende como receta infalible, o como un producto efectivo que inhibe cualquier pensamiento de rabia interna, dolor, vulnerabilidad o hastío por el estado de cosas del mundo (spoiler: los cristales, los tés, los journals, las velas y los jabones veganos no sirven por sí solos). Como si estar mal, por la razón que sea, fuera un pecado, un mal contagioso que no podemos permitirnos y sobre todo que no podemos transmitir en redes: si no usamos nuestros pocos momentos de bienestar para manifestar lo bichotas, diosas, perrotas o putas amas que somos, estamos perdiendo audiencia y capacidad de renovarnos y amarnos

Y no, me niego rotundamente. No quiero ser una bichota. No quiero (y no puedo) sentirme fabulosa todo el tiempo, mi salud mental no es una cuestión de motivación o actitud. No quiero pasarme la vida persiguiendo guías, ropa y cuerpos que reflejen positividad perpetua y que me alejen de todos los sueños colectivos que aún quiero construir. 

A estas alturas no tengo respuestas definitivas sobre cómo alcanzar un bienestar cotidiano. Lo que sí creo es que el amor es profundamente político, colectivo y cambiante. El amor propio, además, no es siempre cuidarnos con mascarillas y descansar yéndonos de vacaciones. También es vernos inextricablemente ligadxs a quienes nos rodean, a las comunidades de las que hacemos parte. No es una fórmula, una canción o un emprendimiento. Es también sombra, tristeza, cansancio y rabia movilizadora. 

La vulnerabilidad y las heridas abiertas no son callejones sin salida: reconocernos fracturadas y cansadas no nos condena a un presente desastroso, nos permite, más bien, ir a nuestro ritmo, definir el poder y la resistencia como queramos.

***

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