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Migración Ambiental: la cara desigual del cambio climático para las mujeres

Por Laura Tatiana Peláez Vanegas

La historia de Dean y Milli es la historia de cientos de isleñxs que tuvieron que irse de su hogar en Providencia debido al huracán Iota. El Banco Mundial estima que, para 2050, el cambio climático podría obligar a 143 millones de personas más a desplazarse de sus casas. ¿Qué impactos generan estas migraciones en las vidas de mujeres isleñas como Milli?

septiembre 6, 2021

El 14 de noviembre de 2020, Dean Hyman y Milliscent O’Neill Fernández, un periodista y una administradora de empresas de Providencia, se preparaban junto con su hijo de cinco meses para Iota, la tormenta tropical. Vivir en una isla los había acostumbrado a soportar, de vez en cuando, tormentas y huracanes que se formaban en las aguas del Caribe. Sabían que debían conseguir agua, comida y  reforzar ventanas y puertas. Sospechaban que habría inundaciones y que los techos de las viviendas se iban a levantar. 

Nunca pensaron que Iota iba a dejar en pie apenas dos paredes de su casa. El piso limpio y los cimientos a la vista. No se imaginaron que pasarían horas escondidos en un baño con otras cinco personas tratando de mantenerse con vida. “El viernes sabíamos que venía una tormenta tropical. Pero solo un día después, el sábado, ya era un huracán categoría tres. Y en la madrugada del 16 de noviembre, cuando pasó por Providencia, era categoría cinco”, afirma Dean, de 37 años. 

Tres días después él, Milliscent y su bebé, llegaron a San Andrés buscando refugio. 

Vista de los daños causados por Iota. Foto tomada de Twitter.

De acuerdo con datos de la CEPAL de 2017, casi el 17 por ciento de los 10.271 desastres naturales registrados en todo el mundo entre 1970 y 2010 ocurrieron en América Latina y el Caribe. Por su parte, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) encontró en su más reciente informe de 2021 ‘Advancing gender equality in environmental migration and disaster displacement in the Caribbean’ que los desastres recientes en el Caribe han generado el desplazamiento temporal y permanente de millones de sus habitantes (la cifra varía de acuerdo a la eventualidad), tanto dentro de sus países como fuera de ellos.

El Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC) muestra que durante el 2020, 21.000 personas en Colombia empezaron a vivir en condición de desplazamiento interno como resultado de los desastres ocurridos durante 2019. Tan solo el año pasado el IDMC registró 64.000 nuevos eventos de desplazamiento relacionados con emergencias climáticas. 30.000 eventos más que en 2019. Se espera que en Colombia cada año ocurran 49.865 eventos de desplazamiento por inundaciones. 

Antes de la tragedia, Dean y Milliscent vivieron en San Andrés. Durante tres meses se quedaron encerrados en la isla por la emergencia sanitaria. Lograron volver a Providencia, pero dos meses después, Iota los desplazó. Eso les convierte en migrantes ambientales, un concepto cada vez más común en medios de comunicación y redes sociales, y que la OIM describe como el movimiento de grupos de personas que por razones de cambio repentino o progresivo del medio ambiente por el cambio climático tienen que salir de su lugar de residencia. Ese desplazamiento puede ser temporal, permanente, y puede ser dentro o fuera del país donde ocurre la emergencia. 

El día de hoy, la Corte Constitucional seleccionó el caso del huracán Iota - Isla de Providencia, atendiendo al llamado de más de 90 familias del pueblo raizal y una acción de tutela presentada inicialmente por la lideresa raizal Josefina Huffington Archbold, en la que solicitan el amparo de derechos fundamentales vulnerados y señalan la dilación en la atención del desastre. Asimismo, la Procuraduría General le exigió al Gobierno medidas contra la erosión costera en San Andrés y Providencia, por su incremento tras el paso de este huracán.

"A esto se sumaban los derechos de petición sin respuesta, enviados por la comunidad raizal, y otras graves vulneraciones, como la permanencia en carpas por periodos prolongados y el desarraigo de quienes tuvieron que dejar la isla y no pudieron retornar por falta de condiciones apropiadas para su regreso", menciona Dejusticia en esta nota.

El informe de la OIM advierte que las migraciones por desastres climáticos afectan más a las mujeres y niñas caribeñas. Pues las desigualdades preexistentes, los roles y las expectativas de género tradicionales las ponen en desventaja. La historia de esta pareja isleña es un relato de resistencia a ese punto de intersección que une la devastación del cambio climático y la falta de gestión de un gobierno que prometió reconstruir Providencia en 100 días y construir 1.134 casas para el 30 de mayo y que hasta junio solo había construido dos. Pero esta también es la historia de cómo las mujeres cuidaron las vidas de otres. Y cómo eso también significó una recarga de responsabilidades para ellas en medio del desastre.

Iota no destruyó el arraigo por Providencia

En junio de 2020 nació el primer hijo de Dean y Milli, como le dicen todxs lxs que la conocen, ese que llevaban buscando por tanto tiempo. “Dos semanas antes del parto, me llevaron en un avión ambulancia para San Andrés. En Providencia no hay un hospital que pueda atender los partos. Menos uno de alto riesgo como el mío” cuenta ella, de 43 años.  

Luego del nacimiento del niño no pudieron regresar a la isla. Tuvieron que quedarse por el aumento en los casos por COVID-19. La orden del gobierno local fue cerrar la isla. “Estuvimos tres meses encerrados en San Andrés”, recuerda Dean. Fue una amiga de Milli, “la comadre”, la que ofreció su casa para refugiarlos. “Ella tiene un niño tres meses mayor que el mío. Entre las dos nos ayudábamos mientras abrían el aeropuerto para irnos a nuestra casa”, relata Milli.

Aunque tiene familia en San Andrés, no aceptó ayuda para cuidar al bebé. “Por el tema de COVID-19 no dejaba que las personas se acercaran o me ayudaran. Era muy protectora porque me daba miedo contagiarnos”.   

Por fin, en septiembre de 2020, volvieron a Providencia. Pero ocho semanas más tarde llegó Iota. “Pudimos entrar cuando el bebé tenía tres meses. Nos quedamos dos meses, llegó el huracán y tuvimos que salir nuevamente”. Para Dean y Milli, tener que dejar nuevamente la isla fue una de las consecuencias más duras de la emergencia. 

Vista aérea de Iota.

“Primero viví en Providencia, luego en San Andrés por muchos años y en Estados Unidos. Volví siempre con la intención de regresar a Providencia”, cuenta Dean. Tres días después del paso de Iota por la isla, el 19 de noviembre de 2020, salieron de Providencia por medio de un vuelo humanitario de la Fuerza Aérea que estaba evacuando a lxs isleñxs.

En San Andrés, en la casa de la comadre, pasaron otros 10 meses. Sin embargo, “No nos vamos a quedar en San Andrés porque no es nuestra casa. Además, la idea siempre fue volver al lugar donde decidimos formar nuestra familia”, dice Dean. “Providencia siempre ha sido nuestra casa. Migramos a San Andrés porque no conocemos a nadie en el interior del país y aunque tenemos familia en el extranjero, el tema de conseguir visa lo hace más complicado”, añade Milli. 

Aunque están convencidos de su decisión, el camino no ha sido fácil. El huracán les quitó la casa que Dean y su hermana heredaron, en la que estaban construyendo su hogar. “Aún estamos considerando cosas porque ya no tenemos casa propia, pero sí la idea es volver a empezar acá”, explica Dean.

Las migraciones ambientales impactan más a las mujeres y niñas

“Cuando se despertó, empezó a llorar porque tenía hambre. Pero a mí no me bajaba la leche del estrés”, recuerda Milli de su bebé. Ella no considera que las maromas que hizo para mantener a su hijo con vida fueran una carga adicional de labores de cuidado. Sin embargo, al recordar lo ocurrido hace diez meses, sí identifica que siempre fueron las mujeres quienes le dieron la mano para mantener con vida a su familia. 

“El niño estuvo dormido gran parte del tiempo, mientras nosotros evitábamos que se inundara el baño de la casa de la vecina, donde estábamos escondidos”. La vecina era quien cargaba al niño mientras Milli y Dean luchaban por sacar el agua que descargaba Iota con furia.

Milli no sabía que hacer, solo le pedía a Dios que les salvara la vida y que le permitiera alimentar a su bebé. “Eso fue un momento traumático, no tener cómo alimentarlo, él llorando y nosotros sin tener una solución, sin pañales, sin tetero, sin nada”. 

El archipiélago de San Andrés y Providencia tiene 80.000 habitantes. De ellxs, 5.000 viven en Providencia. Las cifras oficiales muestran que un 40 por ciento de lxs isleñxs son raizales, como Milli y Dean, una comunidad étnica de raíces africanas, europeas y caribeñas que hablan creole, inglés y español. La mayoría están en Providencia, que a diferencia de San Andrés ha sido más hermética con el turismo.

De acuerdo con el PNUD, a nivel mundial, las mujeres y los hombres enfrentan cargas diferentes como resultado de eventos climáticos extremos y otros impactos del cambio climático. Así, está demostrado que después de los desastres, las mujeres y niñas caribeñas experimentan un aumento de las tasas de mortalidad y el riesgo de sufrir violencias basadas en género (VBG). De la mano de estas violencias, hay evidencia de que las mujeres y las niñas suelen ser relegadas a la responsabilidad del trabajo doméstico no remunerado y del cuidado, especialmente en los países menos desarrollados económicamente.

Las ventanas estallaron, los techos fueron arrancados, el viento y el agua destruyeron todo a su paso. En un momento en el que Iota dio tregua, Milli salió como pudo del baño hasta su casa para recuperar un biberón. “Mi esposo y yo nos turnábamos. Si yo salía a buscar algo, él tenía al bebé en brazos. Cuando me tocaba lavar la ropita, la vecina era la que le echaba un ojito al bebé”. Esa mujer, la vecina y otras de las ocho personas que estaban en el baño, salieron a la cocina, a lo que quedaba de ella, para recuperar un poco de arroz y lentejas. 

“Mi bebé solo podía tomar leche materna hasta los seis meses. La dieta le cambió antes de tiempo porque yo ¿qué podía hacer si no me bajaba la leche?”. La vecina cocinó arroz y una papilla de lentejas para el niño. “Eso fue lo que comimos por tres días”. 

Pablo Escribano, especialista regional en migración ambiental y cambio climático de la OIM, asegura que efectivamente en el Caribe las mujeres cargan con una repartición desigual de tareas durante y después de las emergencias climáticas. “Lo que vemos es que existe una repartición tradicional desigual de las tareas, que crea situaciones de mayor desigualdad en situaciones de desplazamiento”, asegura Pablo. Para el especialista, son las mujeres las que suelen estar a cargo del cuidado de niñes y mayores en estas situaciones. 

“En la tarde, cuando cesaron las lluvias, logramos salir y llegar al patio. Tuve que buscar ropita para poder lavar y cambiarle (al bebé) la ropa mojada que tenía puesta. La de nosotros también porque estábamos mojados. Teníamos que buscar ropa seca y alimentos”, relata Milli.

“Fueron mis amigas y mis vecinas las que nos dieron la mano en los momentos más difíciles antes y después del paso del huracán. Las que nos ofrecieron un techo, comida, éramos las que organizábamos todo también”, Cuenta. Por ejemplo, en el único refugio del barrio ‘La Montaña’, el segundo más afectado en la isla y el lugar de residencia de Milli y Dean, mientras los hombres buscaban alimento por fuera del refugio y buscaban a las personas desaparecidas, “Las mujeres fueron quienes preparaban los alimentos que los hombres traían. También mantenían un control de la repartición de la comida en el albergue”, afirma Milli, quien recuerda que fueron otras mujeres las que le ayudaron a conseguir malta cuando la leche aún no le bajaba para alimentar a su bebé. “La malta me ayudó a que bajara la leche y poder alimentar a mi bebé. Pero eso fue muy duro. Los primeros meses no podía hablar de esto”. 

Para Pablo es vital que los gobiernos locales y el Gobierno Nacional conozcan y caractericen a las poblaciones vulnerables. Esto permite saber las características a nivel de género para planear una respuesta adecuada. “Si, por ejemplo, sabemos que las mujeres tienen más responsabilidad a nivel del cuidado, es necesario tener en cuenta cuáles van a ser sus necesidades para una evacuación. Porque a veces nos encontramos que las mujeres tienden menos a evacuar porque tienen el cuidado de las personas de edad que tienen más dificultades para salir”.

De hecho, cuando Milli y Dean decidieron regresar a Providencia, Dean volvió solo a buscar un lugar para vivir. Milli no pudo acompañarlo porque se quedó en San Andrés cuidando al bebé. “Tuve que dejar a mi familia por más de dos semanas, estuve tocando puertas, ventanas. Buscando un lugar dónde poder vivir. Fue muy difícil, no había lugares para tomar en arriendo. Pero encontramos una habitación”. 

Pablo explica también que las mujeres suelen estar más en el hogar que los hombres. Por eso es imprescindible idear estrategias para que les llegue la información para una posible evacuación. “Un sistema de alerta temprana, ¿cómo reciben la información por canales diferentes según las divisiones de género?”, pregunta. 

Sin embargo, una de las falencias encontradas por el informe de la OIM es precisamente la falta de censos e información desagregada por sexo y género cuando ocurren desastres climáticos en el Caribe. Por ejemplo, todavía no hay cifras concretas sobre la cantidad de personas que tuvieron que salir de Providencia debido a Iota. Se sabe que el 98 por ciento de la isla quedó destruida y que en los primeros días 112 personas fueron evacuadas por la Fuerza Aérea. Sus habitantes aún no han podido regresar por las labores de reconstrucción que ya completan cerca de 275 días.

Una destrucción inesperada

Dean recuerda que hubo huracanes destructivos, pero nunca uno como Iota. “El huracán Beta (2005) levantó muchos techos, pero desde que yo he vivido en Providencia no recuerdo nada como esto”. Sus padres le contaron que antes de que naciera hubo un huracán que casi destruye las islas, pero de eso ya había pasado mucho tiempo. No pensaron que Iota iba a ser un parteaguas en la historia del departamento más pequeño de Colombia. 

Iota se formó el 13 de noviembre, duró hasta el 18 de ese mes, y fue el huracán más devastador de la temporada de huracanes en el Océano Atlántico en 2020. Sus vientos alcanzaron una velocidad de 250 km por hora y en tan solo cinco días afectó considerablemente a países como Nicaragua, Panamá, Guatemala, Honduras y El Salvador. Pero al llegar a 12 km de distancia del Archipiélago alcanzó la máxima categoría: 5. Así, dejó por 20 horas incomunicadas a las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina y una destrucción sin precedentes en la historia. 

Tres días antes del desastre, Dean y Milli ubicaron posibles albergues y la casa de una vecina por si llegaban a necesitar ayuda. “Normalmente cuando llegan esas tormentas que pueden hacer daño, el protocolo que hay es que el gobierno les dice a las personas que se vayan a las iglesias. Aún no hay un refugio por parte del Gobierno. Esos son los refugios improvisados”. Según Dean, son lxs propixs habitantes quienes adecúan estos espacios para proteger sus vidas. 

Adicional a esto, Dean afirma que uno de los factores que influyó en la destrucción por parte de Iota es que semanas antes pasó cerca a la isla otro huracán, categoría 4. “El huracán Eta pasó cerca y destruyó toda la parte marina, todos los arrecifes. Hubo una destrucción tremenda en la parte subacuática”. 

Aunque la rapidez con la que aumentó la fuerza del huracán tomó por sorpresa al gobierno local y nacional, asegura que la destrucción se debe a la falta de preparación y a la inesperada fuerza de Iota. No obstante, Yolanda González, meteoróloga del Ideam, le dijo en su momento al diario El Tiempo que parte de la estrategia de prevención del Gobierno Nacional, no consistió en evacuar pero sí en avisar a les habitantes cómo protegerse y reforzar sus casas ante la tormenta. “Nada de eso fue real”, refutan Milli y Dean. En medios, isleñas como Marichel Peñaloza afirmaron que la baja letalidad (cuatro muertos) en la isla no se debió al Gobierno sino a que "La mayoría de la gente se salvó porque se metieron a los baños, porque son los únicos que tienen el techo de cemento".

Dean, Milli, su hije y otras cinco personas se salvaron gracias a que se escondieron precisamente en un baño. 24 horas después de su paso, el presidente Iván Duque se refirió a las consecuencias de Iota. “Hay una afectación máxima (...), estamos hablando de un deterioro de cerca del 98 por ciento de la infraestructura de la isla", informó Duque a través de Twitter. Fueron 6.000 habitantes damnificadxs. Dean y Milli estaban incluides en esa cifra.

A pesar de que es la primera vez que un huracán de categoría cinco pasa tan cerca y provoca tal destrucción en el Archipiélago, los pronósticos no son alentadores y puede que haya una próxima vez. Según la OIM, el cambio climático ya está aumentando la gravedad de los fenómenos meteorológicos extremos en los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (PEID) del Caribe. “Los impactos de los huracanes y tormentas son peores donde se ha producido un aumento del nivel del mar, ya que este debilita los sistemas de defensa natural como los manglares y desafía los sistemas de defensa humana como los diques y los malecones” asegura la OIM. 

Al preguntarle a Dean por la decisión de volver teniendo en cuenta estos pronósticos, dice que no tiene miedo de otro huracán. “Miedo no, prevención sí. Uno está pendiente, pero no creo que vayamos a tener tan mala suerte de que nos pegue dos veces de seguido. Dios estuvo con nosotros en el principio y también en el final, no nos salvó el gobierno ni nadie, nos salvó Dios”. 

Aunque el Gobierno Nacional hizo presencia inmediata en el Archipiélago, la insatisfacción de familias como la de Dean y Milli es evidente y tiene argumentos de peso. “En este momento estamos viviendo en arriendo en una habitación. La única que encontramos. Ya no tenemos casa propia”. Milli y Dean trabajan en el canal Teleislas como periodistas, el arriendo de la habitación les cuesta 800 mil pesos y consume un gran porcentaje de sus sueldos. “Encontrar un lugar para vivir fue muy difícil porque como la isla es tan pequeña, los trabajadores que mandó el gobierno para la reconstrucción ocuparon toda la isla. Hay personas que no han podido volver por eso”, cuenta Dean.

“Es una situación problemática. La reconstrucción siempre es un escenario difícil. Es un caso muy particular al ser una isla tan pequeña y que por eso tenga muy bajo alojamiento. Lo que puedo decir es que es primordial proteger los derechos de las personas que intentan retornar a la isla (...)” opina Pablo frente al panorama que exponen Dean y Milli.

Mientras distintas familias siguen buscando la oportunidad de regresar a su lugar de residencia, son las mujeres quienes han formado redes de comunicación y ayuda. Y a pesar de que son las más afectadas por las emergencias climáticas en el Caribe, son precisamente “Las que desempeñan un papel clave al proporcionar recursos para sus familias, facilitar la migración y adaptarse durante el desplazamiento (...) Es fundamental reconocer que también son agentes y líderes poderosos en sus familias y comunidades”. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza concluye que proteger y asistir las necesidades de mujeres y niñas durante emergencias climáticas permite la participación de ellas en la construcción conjunta (entre sociedad y Gobierno) de estrategias que permitan mitigar el cambio climático.

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