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El reality de la explotación laboral en las agencias de publicidad

Por Jimena Madero Ramírez y Luisa Bojacá Barrero

La polémica que se formó después del reality de la agencia MullenLowe Group y Copublicitarias le genera una pregunta a dos diseñadoras que han vivido las violencias laborales exacerbadas de su industria: ¿Qué pasaría si a manera de protesta el gremio creativo se une y decide parar para exigir sus derechos? La verdad es que gran parte del mundo laboral se detendría. 

octubre 7, 2022

El concurso ‘Ink house’ es una iniciativa de la agencia de publicidad MullenLowe Group. En este, estudiantes de último semestre de publicidad o carreras afines en varios países como Colombia compiten por la creación de campañas publicitarias. Según la agencia, desde 2006 el concurso ofrece “una experiencia de capacitación académica (...) por medio de una inmersión de 24 horas” en las que se imita el proceso de licitación real de una agencia. Esto con el objetivo de cerrar la brecha entre lo que se enseña en la academia y lo que se vive en el mundo laboral.

Este año el concurso en Colombia se realizó en alianza con la plataforma Copublicitarias, en la sede de Lowe en Bogotá, y fue difundido en formato reality. En sus redes sociales empezaron a publicar el registro de la experiencia, donde la inmersión de las 24 horas sin dormir ni descansar es real. Es decir, los estudiantes vivieron tres días laborales (8 horas al día) de trabajo creativo continuo, sin descanso. 

El registro en redes, que glamorizaron presentándolo como un reality lleno de patrocinios de marcas (mucho de este contenido fue borrado), generó una polémica que no acaba varios días después. Como diseñadoras creemos que fue una reproducción muy cercana a la experiencia de maltrato laboral que se vive y se normaliza al interior de muchas agencias y, nos atrevemos a afirmar, en la industria creativa en general. 

En los videos que desataron la indignación en redes, les participantes –estudiantes– dicen que están desanimados, cansados y enfermos. De manera explícita comentan: “Estoy destrozada, ya no puedo con mi vida, pero chevere…”. O “Hemos pasado de largo pero ahí seguimos”. Y la joya “No lloré, pero si vomité”. Por alarmante que se lean los testimonios, describen experiencias precarias que hemos vivido y que todes en esta esfera conocemos. Son condiciones físicas y emocionales que se han normalizado e incluso romantizado en la escena creativa. 

Tras las críticas masivas, y más que válidas, MullenLowe se pronunció en este comunicado afirmando que el reality es un desafío que "Contribuye a que los nuevos profesionales lleguen mejor preparados” al mundo laboral. En otras palabras, ¿Los prepara para ser explotados laboralmente durante extensas horas de trabajo con la promesa de ganarse un premio o en el peor de los casos, su propio sueldo? ¿Es esta la única realidad a la que podemos aspirar quienes trabajamos en industrias creativas? 

Somos dos mujeres que hablamos desde nuestra experiencia como diseñadoras. Hemos trabajado en agencias y como independientes. Conocemos de primera mano la cultura de explotación. El concurso Ink House vuelve a abrir una discusión cada vez más urgente sobre las condiciones laborales que se imponen en la industria creativa. Creemos que esto no se reduce a un problema de las agencias. Más bien se extiende a todo sector laboral que involucre el diseño de comunicación visual en el desarrollo de sus proyectos. 

Lo de MullenLowe es un ejemplo de las precarias condiciones laborales en el sector creativo, consecuencia de la concepción del diseño como un oficio menor y no como una profesión que deba ser remunerada, cuyos procesos toman un tiempo concreto y unos flujos de trabajo que deben ser respetados.

Sabemos que la explotación laboral permea todos los sectores incluido este. ¿Pero en este caso por qué hemos dejado como industria creativa que pase esto? La primera respuesta que tenemos, según nuestra experiencia, es que el diseño se entiende como algo estético y por tanto se le atribuye al talento, no al trabajo. Se percibe como algo gratuito, subjetivo, inherente al gusto. 

Esto hace que haya desconocimiento y desinterés sobre lo que implican los procesos creativos, con consecuencias directas en nuestro trabajo: contratan a pocas personas en diseño para manejar una carga laboral altísima, hay mala remuneración, los clientes no confían en nuestras decisiones, piden muchos ajustes absurdos a último momento, entre otras.

Trabajando como independientes hemos percibido que el diseño no se entiende como parte de un proyecto. Muchas veces no se contempla un presupuesto justo ni un tiempo razonable para los procesos de diseño para la comunicación visual, que es a lo que nos dedicamos. Si esta dinámica se repite en todos los escenarios, y se normaliza, no nos queda más remedio que acceder a hacer nuestro trabajo bajo esas condiciones.

Pero el diseño se trata principalmente de comunicación. Traducir mensajes en gráfica, en experiencia, en navegación, en producto audiovisual, entre otros. Un oficio que se enfoca en la experiencia humana, que es objetivo y requiere experiencia, investigación y prototipado: prueba y error. También implica pensamiento crítico y tiene etapas. Toma tiempo.

Otra respuesta fundamental para entender el porqué de la precarización de nuestro oficio es que el mundo laboral concibe a quienes ejercen el diseño como medios para traducir visiones de los clientes, no como personas activas en el proceso creativo. En otras palabras, no tenemos voz ni voto sobre el mensaje que traducimos a la medida exacta del cliente. Somos como ‘un programa’ que transforma un requerimiento en imagen, o cómo hemos escuchado en algunas agencias: ‘un mono detrás de un computador’.

A esta limitación se suma que la industria ha construido la concepción violenta de que una sola persona puede  hacerlo todo, cuando el diseño es una cuestión de equipo. Nuestro oficio se expresa a través de diferentes medios, y cada medio es un camino profesional. Hay quienes que se enfocan en productos audiovisuales, animación, ilustración, diseño gráfico o editorial, UX/UI, de servicios o información, dirección de arte o dirección creativa. Y aunque es imposible ser expertas en todos los campos, la industria nos obliga a serlo, aunque nos paguen el equivalente a manejar una de esas experticias.

Hace unas semanas conocimos una convocatoria para diseñar en un medio que se veía interesante. Buscaban a alguien que hiciera diseño gráfico, editorial, video y motion. Un espectro que nos hacía intuir la inmensa carga de trabajo. A pesar de que el pago era precario, para algunos amigues era suficiente. Una vez más, notamos que el problema es  el desconocimiento general de los procesos creativos. 

Esto mismo lleva a los clientes a no confiar en nuestro conocimiento muchas veces. Es paradójico: te contratan porque eres diseñadora  pero cuestionan y cambian las decisiones que tomas, por decisiones aleatorias o gusto personal. Luego se preguntan porque no lograron los objetivos en sus proyectos. 

Y cuando no se logran estos objetivos, muchas veces la responsabilidad recae en quien diseña. Eso hace nuestra experiencia laboral aún más injusta. Si nosotras propusimos, desde la investigación y la experiencia, medios y formas para comunicar el proyecto, y el cliente deliberadamente decide tomar otras decisiones, ¿Cómo espera alcanzar las metas para las que nos contrató? Si esas decisiones nos distanciaron de lo que propusimos ¿Por qué recae en nosotras la responsabilidad de su fracaso?

A esto le llamamos “reprocesos”, muy temidos en el gremio: se expanden los tiempos de trabajo acordados, se hacen más rondas de ajustes que las presupuestadas, trabajamos sobre el tiempo de entrega, hacemos ajustes sobre archivos “finales”. Y cuando vamos a cobrar, exigiendo una retribución justa por esos reprocesos, se escandalizan. Las personas que diseñamos no tenemos por qué pagar el precio de la mala gestión. Y si aceptamos todos los reprocesos, las propuestas económicas deberían cambiar, sin que esto implique un enfrentamiento. Pero cultura organizacional del diseño ha normalizado que alzar la mano para exigir un trato justo o manifestar una molestia, termine en un conflicto o un despido.

Las agencias son conscientes de que no te pueden despedir por exigir mejores condiciones de trabajo. Por eso en el gremio se sabe que la manera de despedirte es llevarte al límite, hacer la explotación y el matoneo insoportable para que renuncies, así no tienen que pagar una indemnización por despido sin causa justa. 

¿Y cuál es la respuesta que recibimos dentro del gremio ante tanta precariedad? “Esto siempre ha sido así” o “En un mundo ideal sería diferente”. Es lo que vemos en los videos del concurso de MullenLow, que no solo perpetúa estas dinámicas, sino que las glamoriza en sus redes como si la explotación laboral fuera Jersey Shore.

¿Qué pasaría si a manera de protesta el gremio creativo se une y decide parar para exigir sus derechos? La verdad es que gran parte del mundo laboral se detendría. Nuestra función es mucho más relevante de lo que estas dinámicas de explotación y maltrato nos hacen creer, no es un oficio secundario. Si no ponemos límites firmes y exigimos mejores condiciones, vamos a seguir en lo mismo: un trabajo en condiciones insoportables. 

Esta es solo nuestra experiencia. Sabemos que hay mucho más que contar. ¿Qué hacer? Se nos ocurre que podemos partir desde la pedagogía hacia los  clientes sobre los procesos de diseño. O formarnos entre compañeres sobre cómo exigir mejores contratos, cómo cotizar, etc. Pero sobre todo, es una cuestión de comenzar a unificar nuestra voz para exigir condiciones laborales justas y razonables.

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