Mi cuerpo, mi morada: lo que le ha aportado, o no, la pandemia a nuestra relación corporal

Imagen por Jimena Madero Ramírez.

En la cuarta semana de nuestro especial #MujeresEnCuarentena la pregunta es sobre los cuerpos que habitamos y que nos han sostenido en esta pandemia. ¿Qué preguntas nuevas nos estamos haciendo sobre nuestras corporalidades desde que inició la emergencia sanitaria?

Lejos de generar una ‘nueva normalidad’ anhelada, como pensábamos al principio, o de generar algún tipo de cambio direccionado hacia el bienestar social, la pandemia ha sido más bien la obligatoriedad de una crisis generalizada, que nos ha forzado, porque realmente no nos ha dejado otra opción, a hacernos preguntas que antes no nos hacíamos, y a indagar por la respuesta con ansiedad, que ha sido la sensación predominante de estos meses, sin mucho éxito.

Varias de esas preguntas han tenido que ver con el cuerpo, esa primera morada que ahora habitamos más que antes, o más bien: ahora somos más conscientes de que es la extensión que nos aloja, que a su vez está alojada en este encierro impuesto y autoimpuesto que nos persigue desde marzo.

Y ahora somos más conscientes del cuerpo que habitamos porque así lo han querido las características de contagio de este virus que se transmite a través de las gotículas de nuestra nariz y de lo que escupimos inconscientemente por nuestra boca, y a través de los objetos que impregnan esas gotículas, que luego tocan otres y llevan a sus propias narices y a sus propias bocas.

Preguntas que nunca nos hacíamos antes ahora nos persiguen todo el tiempo cuando tenemos algún tipo de contacto con el mundo exterior, o cuando algo de ese mundo ajeno ingresa a nuestro espacio: ¿Quién tocó este objeto antes? ¿Quién estuvo en contacto con este espacio antes que mi cuerpo interactuara acá en este lugar? ¿Por cuántas manos pasaron y cuántas manos testearon estos alimentos que estoy ingresando a mi casa? ¿Qué cadena de contacto ha tenido cada baranda, cada pomo de cada puerta que abro y cierro, cada ascensor al que entro, cada medio de transporte al que ingreso? Acompañadas siempre de la infaltable ¿Hace cuánto me bañé las manos?

Es un ritmo mental diario desgastante, tejido entre la ansiedad y el miedo, pero es el mecanismo de emergencia que activó esta pandemia que nos está ayudando a recordar constantemente que antes que ser mano de obra, un conjunto de datos que se pueden vender, parte del segmento de una audiencia, o individuos que hacen parte de un sistema, somos cuerpos, extensión corporea. Huesos, órganos venas y sangre embutidos en rollos de piel y pelo con capacidad motora que evitan a su vez otros cuerpos compuestos de la misma manera.

Y con esa consciencia adquirida que aumentó a la fuerza durante los últimos meses, se desprenden otras preguntas y otras reflexiones sobre sabernos cuerpos que habitan un mundo pandémico y, ahí derecho, sobre sabernos cuerpos feminizados en un mundo detenido a la fuerza por un virus, y que sigue igual de patriarcal.

«¿Si todos estos meses hemos hablado de cuidar nuestro cuerpo y cuidar los cuerpos de lxs demás, por qué la sociedad sigue haciéndonos sentir a las mujeres, incluso en medio de una pandemia global, que no podemos habitar nuestros cuerpos con sus formas propias en paz?»

Porque los mandatos patriarcales impuestos sobre las formas, los colores y la distribución de los cuerpos de las mujeres no se han ido a ningún lado con la pandemia, ni mucho menos. El mundo digital, que es el mundo que habitamos ahora la mayoría del tiempo, se ha encargado de que no sea así, así estemos confinadas en cuatro paredes, muertas de miedo por el futuro de un mundo que por momentos parece venirse abajo. Ahí están las redes sociales esperándonos todo el tiempo con sus rutinas de ejercicio y sus influencers con formas disciplinadas y sus retos gordofóbicos y sus dietas de cuarentena, en caso de que nos hayamos olvidado de las presiones de ese mundo que se sigue moviendo allá afuera y que no pretende dejarnos en paz.

Para las mujeres la carga siempre es extra: mientras nos morimos de miedo por las consecuencias que está trayendo la covid-19 para el futuro, nos toca abrazar el sentimiento viéndonos flacas, deseables y aparentemente perfectas. ¿Por qué? ¿Si todos estos meses hemos hablado de cuidar nuestro cuerpo y cuidar los cuerpos de lxs demás, por qué la sociedad sigue haciéndonos sentir a las mujeres, incluso en medio de una pandemia global, que no podemos habitar nuestros cuerpos con sus formas propias en paz?

¿No es el momento perfecto para botarlo todo por la borda y regalarnos una tregua con el reflejo que nos devuelve el espejo?

Estas preguntas, sobre el cuerpo propio, sobre el interior de nuestros cuerpos, sobre habitarlos, y sobre el cuerpo de lxs demás, componen la cuarta semana de nuestro especial #MujeresEnCuarentena, que trata, de principio a fin, sobre la #RelaciónConElCuerpo, esa morada que nos ha sabido sostener y con el que nos hemos tenido que reconciliar, o al menos con el que hemos tenido que hacer tregua, durante estos meses.

Quisimos dedicarle una semana a esta conversación sobre los cuerpos porque estamos convencidas de que si la pandemia nos forzó a tener reflexiones más profundas sobre la manera en la que habitamos nuestras corporalidades, debemos aprovechar este momento para seguir repitiendo lo obvio, porque aparentemente sigue haciendo falta: nuestros cuerpos son territorios autónomos. Y las decisiones que tomemos sobre cómo habitarlos, cómo, vestirlos, cómo moverlos, cómo gozarlos y cómo relacionarlos con otros cuerpos, también son nuestras.

Bienvenidxs a la cuarta semana de nuestro especial #MujeresEnCuarentena, enteramente dedicada a reflexionar sobre nuestros cuerpos, en toda su diversidad.

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