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‘Una madre’: la enfermedad mental no es para las cuidadoras

Por Angélica Bohórquez

La primera película del director colombiano Diógenes Cuevas sigue el viaje de un hijo que intenta reparar el vínculo con su mamá, internada años atrás en una institución religiosa para personas con enfermedades mentales. El filme retrata cómo las afecciones psiquiátricas son también un escenario de lucha contra la violencia patriarcal y pueden terminar en tragedia cuando no hay redes de apoyo.

agosto 26, 2022

En 2020 mi papá se enfermó del corazón. Eso le produjo un insomnio prolongado que desencadenó un episodio psicótico. Le hicieron un cateterismo, se recuperó de lo primero, pero tardó meses en volver a ser él. Se le olvidó hablar, abrazar, reír. Se olvidó de recordar. Poco vuelvo a esos días en que lo perdí, entre otras cosas porque no estuve a su lado. Vivía en otra ciudad. No asumí el cuidado: lo hizo mi mamá, como esposa, amiga, cómplice y espectadora de una ternura que solo irradian quienes necesitan ayuda para sobrevivir. 

Tal vez en mi casa nadie quiere recordar la psicosis y el silencio largo de esos meses. Pero hoy me pregunto qué hubiera pasado si mi mamá hubiese enfermado. Si hubiese sido ella la que debía ser cuidada.

‘Una madre’, la ópera prima del director antioqueño Diógenes Cuevas, cuenta la historia de Dora y Alejandro, una mamá y un hijo separades por varios años debido al estigma de la enfermedad mental. Luego de la muerte de su papá, un patriarca violento, Alejandro encuentra la historia clínica de su mamá, por la cual fue aislada del mundo, empolvada en un armario. No sabemos de qué sufre Dora, pero podría ser esquizofrenia. 

Encontrar esos papeles le detona a Alejandro el deseo de encontrarla y regresar con ella a su hogar, aunque el plan nunca está tan claro. Es un deseo ciego y entrañable que tiene él, sin futuro, que toma forma cuando se deshace del último vestigio del autoritarismo de su papá y tira sus cenizas por el inodoro.

Alejandro emprende un viaje que le revela su propia condición. Pero antes que eso, el viaje le permite ver a su mamá por primera vez. La encuentra en el campo, lejos de Medellín, encerrada en una institución para personas con enfermedades mentales dirigida por monjas. Allí ha estado por años, tal vez décadas, y no conoce más que las reglas de ese lugar. Dora es delicada pero resistente, temerosa y risueña. Lo que se entiende es que la encerraron allí luego de intentar hacerle daño a Alejandro cuando era pequeño, en medio de una alucinación. 

Su familia borró su presencia y enalteció la del padre, un hombre que si bien no alucinaba, golpeaba a Alejandro y a su hermano con lo que se le atravesara.

Si el padre hubiera enfermado y no Dora, ella se habría hecho cargo. Pero una mujer que ‘pierde’ la capacidad de cuidar, y que de hecho puede generar daño a quienes debería proteger, es una mujer despojada de su rol asignado. Un ser socialmente descartable. Más aún cuando no hay otras mujeres, otras cuidadoras, que acompañen y sostengan sus crisis. 

En una casa llena de hombres, es probable que una mujer ‘loca’ sea recortada de las fotos y omitida de la anécdota familiar.

Cuando mi papá empeoró tuve que volver a la casa para encargarme de su recuperación emocional y cognitiva. Mi mamá debía salir a hacer vueltas médicas, además de pagar deudas de la casa y gestionar las incapacidades de mi viejo en el trabajo. También tenía que hacerle creer a casi todo nuestro círculo familiar que las cosas andaban bien. Pero ni nosotras mismas sabíamos si se iba a recuperar. Lo encomendé a un libro que empecé a leerle cada tarde. Eso le ayudó a recuperar la atención. Le serví el desayuno varias mañanas para que se comiera por lo menos la mitad. Había perdido veinte kilos.

Nos alineamos así, mi mamá y yo, para que nada le asustara, para cubrirlo en todos los frentes. Creo que acompañar una afección mental, así como criar un hije, requiere de toda una aldea, de una red muy fuerte. Necesariamente tiene que haber más de una persona cuidando.

Disculpen el spoiler, pero tengo que decir que la prueba de mi teoría es el final de ‘Una madre’. Luego de escaparse del instituto, huir de la ley, nadar por ríos, caminar horas por paisajes montañosos, temblar de frío, confesarle a la madre que él es su hijo, recordar el amor que se tienen con la mirada; de encontrarse con otro patriarca y fanático religioso que les recibe en su finca y diagnostica a Dora con una posesión demoniaca; luego de luchar para hacerse a un lugar para los dos, Alejandro se rinde. No encuentra manera para que lleguen a algún destino, porque además abandonó su clonazepam en el viaje y se encontró igual de desesperado que su mamá.

Al final son dos personas que sufren de afecciones mentales, que no cuentan con una red de apoyo, que están solas, y sin un soporte institucional. No puede ser que la enfermedad mental sea inconfesable, ocultable. Que se compare con eso de ‘caer en vergüenza’. No puede ser, sobre todo, porque cuando las enfermedades mentales se tratan profesionalmente, y a través de redes de apoyo, tienen un horizonte distinto a la tragedia.

Pero el horizonte es menos prometedor para quienes estamos socializadas alrededor del cuidado de otres. Que no parezca algo menor o un lugar común de las feministas: el cuidado es toda actividad que nos permite conservarnos, repararnos y continuar, como dice la politóloga Joan Tronto. Y aunque esté feminizado, en un personaje como Alejandro comprendemos su dimensión. No es solo una postura política, puede convertirse en una pulsión. Fue la única manera que él encontró para rehacer un lazo roto en el pasado. Alejandro se desespera cuando su mamá tiene ropa mojada y le compra ropa seca, le regala todo el pan con leche que les ofrece el señor de la finca −a pesar de que no ha comido nada hace horas− y corre tras ella cada vez para evitar que se pierda.

El cine suele ser el lugar donde vamos a reflejarnos y a encajar las piezas al aire de nuestra historia. Otras películas sobre maternidades imposibles nos confrontan con el valor de la independencia. ‘Amazona’, por ejemplo, de la colombiana Klaire Weiskopf, retrata la huida de una mujer a la selva amazónica y su rebelión frente a los estereotipos de la maternidad, así como las marcas que ello causa en les hijes. 

En ‘Una madre’ no hay conquistas de libertad, solo hay daño, porque las enfermedades mentales en las madres, la mal llamada ‘locura’, puede ser una condena a la soledad, al aislamiento y al olvido obligatorio.

Por fortuna mi papá tuvo a mi mamá. Por fortuna mi mamá me tiene a mí.


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